Su padre era siquiatra, su madre la mujer más bella del mundo. Gabriel a
Su padre era siquiatra, su madre la mujer más bella del mundo. Gabriel a los once años ahogó en la fuente del jardín a la pareja de periquitos de su padre, a los catorce mató con una escopeta de postas al perro de la familia; se llamaba Tom, y era un basset negro de vientre castaño. Los hechos fueron camuflados como un accidente de caza del propio siquiatra, infortunio acaecido cuando el animal le acompañaba en la práctica favorita de aquél que combatía los males de la mente.
Pese a vivir frente al mar, la natación no había sido uno de sus fuertes; sabía nadar eso sí, pero no con la destreza que se hubiera esperado dadas las circunstancias. La casa de dos plantas y jardín distaba de la orilla los metros suficientes como para que las mareas no se pasearan por el salón. Era una casa lujosa, las comodidades aportadas por la madre habían sido sufragadas por los pacientes del padre. Gabriel sentía pasiones por ésta, era tal el poder de seducción que se diría un Edipo moderno.
Las aptitudes de su hijo no pasaban de largo para el padre, de hecho, siempre se detenían a saludar cada vez que se cruzaba con él. Había algo que no acababa de concordarle, era como si el futuro venidero hubiera sido vivido en mentes ajenas y en carnes propias. Realmente nunca había tenido problemas de sociabilidad, su carácter introvertido no le había supuesto obstáculo alguno a la hora de relacionarse con los demás, y sin embargo para un especialista en la mente humana ciertos episodios se paseaban por el filo de la irracionalidad. Gabriel tenía amigos, unos cercanos y otros apenas rayando el conocimiento superficial que suele dar la vecindad. Pero entre los unos y los otros se movía el entramado social del que ajeno a sus propias desviaciones, aún no había resuelto el dilema de su proceder
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