Se autodenominan indignados. De entrada para indignarse hay que estar investido
Se autodenominan indignados. De entrada para indignarse hay que estar investido de dignidad, y eso no está al alcance de cualquiera por el simple hecho de arrogarse dicha virtud. Uno se indigna cuando es acometido en su fuero interno, cuando sus principios y valores son pisoteados sin consideración, cuando observa un hecho o una actitud no acorde con las buenas costumbres, con el buen uso de la obligada moral de rasero único. Hace más de dos semanas que un grupo de personas se concentra en la puerta del Sol de Madrid, con la intención en principio- al menos eso es lo que nos vendieron- de protestar por la situación política, social y económica que vive el país. He de confesar que el que suscribe estas líneas se vio acometido de una especie de reconocimiento público, un reflejo de lo que venía reivindicando hace más de un año. Me preguntaba, como era posible que con cuatro millones de parados, una economía hundida en un agujero negro de dimensiones apocalípticas, unas leyes aberrantes decretadas a espaldas del legislativo o con la aquiescencia de los que no pasan calamidades y tienen asegurada la pensión vitalicia, nadie se plantara y dijera basta. Me convencieron en un primer momento que aquello había sido espontáneo, que había surgido como desenlace de todos los males aquí narrados. Me equivoqué, erré por no haber traído al momento presente la historia irredenta, esa que no se somete ni al paso de los años. Nunca, desde que el mundo es mundo ha surgido un movimiento que reivindique derechos, que pugne por paliar las diferencias de manera natural. Siempre ha habido y habrá los que ocultos tras las bambalinas, como aquel de la canción de Víctor Manuel espiaban a la bailarina en sus evoluciones ajenas a sus gustos.
Si alguien se piensa que la gente se mueve por inercia, va dado, la sociedad funciona como un teatro de guiñol desmadejado, unas manos con mayor o menor destreza mueven los hilos de esos argumentos añejos en gestos jóvenes. Pero lo malo del caso es que se lo creen y todo, que son ellos mismos, que es su voluntad la que hace y consigue que lo que otros se han propuesto se haga realidad en su propia idea de discernir el bien y el mal. Cuán equivocados están, como suenan las carcajadas estentóreas de los caudillos anónimos, como rechina el suelo con las pisadas de botas impropias calzadas por otros. Manipulan en la sombra lo que el resto vislumbra a la luz del día, maquinan sus prebendas a costa del engaño ufano.
Llegaron unos pocos y se les unieron otros cuantos que creyeron que aquello iba con ellos, con todos. Montaron su circo romano y acamparon a la espera de que la inercia mal entendida les trajera los pensamientos gritados. Llegaron a creer que iban a conseguir lo que no se había logrado en décadas, eso que llaman democracia real. Pues va a ser que no, que eso de democracia está muy bien como escapulario que colgarse al cuello, como títulos de crédito de una película estrenada en los cines de la conciencia, pero que no casa con aquellos que detentan los poderes públicos o privados. Pasaron los días y la fiesta de los redentores perdía adeptos, ya no se congratulaba la gente por haberse conocido, ya asomaban los bigotes hirsutos las ratas de cloaca que siempre medran tras una posible recompensa. Y efectivamente al final resultó ser una farsa, una feria mal interpretada en la que los trileros y embusteros se dedicaron a vender una muñeca deshinchada, o una cubertería de hojalata embadurnada de oropel falso y desconchado por los golpes sufridos en tantos y tantos chiringuitos de cartón levantados de prisa y corriendo.
Pronto se les vio el plumero a los indignados, no tardaron en asomar las ideas apolíticas ajenas a cualquier sigla conocida. Los defensores de los saharauis, los revienta actos de carteles indignados con letreros estentóreos estaban detrás. Pronto asomaron los de izquierda hundida, los mamporreros de la élite socialista aclamando la iniciativa, allí, camuflado entre los cartones del vagabundo apesebrado tras un cartón de vino barato, escondido entre los tenderetes de todo a cien estaba Willy, el liberado de Guillermo, ese que se apellida Toledo y que junto a los Bardenes apadrina todo lo que tenga tufo socialista. No tardaron en acometer a la insubordinación, la insumisión mediática del todo vale y váyase la derecha de este país de sabios marxistas, de iluminados castristas que acogen en su seno a cualquier preso político, aunque sus manos estén tintas en sangre ajena. –Véase a Marisol en su día, o Sánchez Gordillo en el nuestro-.
Y pasaron los días, y afloraron las verdaderas intenciones en manos ponzoñosas que escogen entre las carnes la lascivia reprimida. Y como circo que se precie no podían faltar las pulgas que acrobáticas saltan de un delincuente camuflado a un agnóstico politizado. Y los comerciantes se vieron impelidos a implorar si no un mínimo de cordura, sí al menos algo de solidaridad para no verse en la ruina y consecuente incremento de parados con los que agasajar a Rubalcaba. Este como si la cosa no fuera con él, arroja la piedra y esconde la mano, esa mano saturada de actos depravados, de terrorismo de Estado consolidado en sus maneras de mono amaestrado. Ese que pide serenidad y paciencia dos años más, como si a más de uno le quedaran dos años de poder capear la que nos han echado encima; dos años que espero y deseo que no le queden a él cuando la justicia por fin haga uso de sus facultades y lo encierre en una granja donde criar pavos reales y faisanes.
¿Cómo acabará este circo romano? Pues así, arrojando los políticos pan a la plebe; pan para hoy hambre para mañana. Hambre de libertad mal preconizada a voz en grito, y de falacias perpetuadas en la piel de los que un día, allá por el 15 de mayo fuimos engañados.
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