En un país de rameras, la supuesta indignación no supone más que un ejercicio
En un país de rameras, la supuesta indignación no supone más que un ejercicio de insumisión arrabalera. Vuelven a la carga con el marchamo –etiqueta sería dotarles de cierta enjundia- del emplazamiento a las instituciones a que se regeneren, que asuman la realidad social y ponderen los valores democráticos. Si no fuera porque el sentido común y la edad me han enseñado, que los movimientos sociales carecen de la espontaneidad necesaria para que se les arrogue credibilidad, llegaría a pensar que esta vez tampoco van en serio.
Quedó constatado que tras esa manifestación de descontento, había una recua de intereses espurios que aprovechan las coyunturas para colarse bajo una carpa, solaparse sobre un cartón o mimetizarse en un entorno propicio. Vale ya de canciones acomplejadas, de intentos fraudulentos, de actitudes enmarcadas entre los dedos de un director de época. No me creo nada de vuestra puesta en escena, de vuestro intento de cristianizar las voluntades rebeldes, ni esa manipulación barata de los sentimientos de alguno de buena fe. No sois más que un grupo desgajado de la sociedad, un panda de delincuentes que aprovecháis la mínima oportunidad para birlarle la cartera al turista despistado, un grupo de trileros que permutáis la bolita escondida por unas pancartas que difaman el poco crédito que nos queda como nación.
Vais de progres, de redentores de los gobiernos que anulan las voluntades públicas, pero no sois capaces de articular un discurso coherente, sensato, capaz de aglutinar al menos el pensamiento de los que como yo, estamos hartos de tanta falacia institucional, tanta pornografía democrática y tanto asalto del que somos víctimas indefensas por no querer enfrentarnos con nuestros demonios. Sí, somos cobardes por naturaleza, nos asustan la bondad de los derechos, el rigor de las obligaciones; negamos nuestra realidad pero nos lamemos las heridas tras una esquina. ¿Indignados? A otro perro con ese hueso, no sois más que unas marionetas en manos de políticos golpistas, que buscan en la calle no que no consiguen en las urnas, no sois más que un grupo de desherrados que habéis perdido los zapatos por el camino que dista entre el arrabal que moráis y la Puerta del sol, esa que os negáis a abrir, esa que permanece cerrada, esperando que alguien con coraje se atreva a derribar no con cargas ni arietes, sino con la razón y el argumento.
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