Los civiles en su día a día
El teatro y la obra representada en la plaza del Coso tuvieron una muy buena acogida. Los actores se desenvolvieron con soltura y humor sobre un escenario prefabricado para la ocasión, deleitaron al público con sus ademanes, frases elocuentes y hechuras de figuras del elenco nacional. El público aplaudió con ganas más que la función que realmente les había satisfecho en sus expectativas, la ocurrencia municipal de haberles llevado al pueblo una parte de las diversiones que disfrutaban en la capital. La obra finalizó a las dos de la madrugada, y a las dos y media ya estaba sonando el teléfono en los dominios del adormilado guardia de puertas.
El sargento se personó al instante acompañado del “gallego”. El dueño de la farándula se les vino encima nervioso y gesticulando más de lo que lo hacían los propios actores cuando interpretaban los papeles asignados.
- ¡Esto es la ruina, ese equipo vale un dineral!
- ¡Cálmese y cuéntenos todo lo ocurrido! El pobre hombre no daba crédito a lo sucedido, la función que había dejado algunos dineros con los que enjugar los caminos venideros, se había trastocado con el robo del equipo de sonido. No sabía como habían ocurrido los hechos, pero estaba convencido de que se trataba de algún grupo organizado, unos delincuentes con experiencia en estas lides.
Las series de televisión americanas de corte policial o los programas informativos que explicaban con todo detalle como la ciencia moderna es capaz de descubrir al delincuente por el perfume que pueda desprenderse de una camisa recién lavada, o el descuido de una colilla en un cenicero multiuso, no se trasladaban a la pantalla del televisor de 21 pulgadas del comandante de Puesto. Las pesquisas llevadas a cabo por el sargento, hombre curtido en mil y una diligencias, obtuvieron un rotundo éxito en tan escaso lapso de tiempo que aún los actores y actrices del teatrillo improvisado, no habían tenido tiempo de desarmar y empaquetar los bártulos con los que subsistían por los pueblos y aldeas dignas de acoger su histrionismo. No anduvo muy acertado el jefe de los comediantes cuando vaticinó que el robo había sido cosa de un grupo organizado, no fue capaz de dirimir, a pesar de sus muchos años de correrías por pueblos, plazas y aldeas, el secreto de la autoría del crimen realizado a sus expensas. El sargento halló la solución por motivos puramente profesionales, circunstancias que propician que la eventualidad no tenga cabida cuando los años de trabajo duro y entrega, se acumulan en una hoja de servicios plagada de actuaciones. Le resultó más fácil de lo que en principio auguraba cuando tuvo conocimiento del delito cometido en su demarcación, y es que a pesar de los indicios, el grupo solo lo componían dos, vecinos de la localidad, y ninguno alcanzaba los dieciséis años de edad.
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