REALMENTE NO SE DE QUE VA
Muchos pensarán que esto es mentira, otros, quizá los más condescendientes pensarán que todo es un invento sin mala intención. Cada uno es libre de creer lo que quiera, pero yo que soy el que escribe y cuenta esta historia, puedo decir con total certeza que lo que se desarrolle a continuación no va a consistir en un alegato a la simpleza o un canto a lo infundado.
No hará más de dos meses de esto, quizá algunos años más. Era primavera y la campiña refulgía con reverberaciones plateadas, el animal pastaba ajeno a lo que tendría lugar el día anterior. El hombre de cerradas patillas y labios gordezuelos se disponía a recoger las cabras que apacentaba a escasos metros, no más de diez kilómetros. Arroja la colilla apagada, ésta viene a caer sobre el pasto humedecido que prende alevoso al sentirse violentado por el calor que le arrebolaría las mejillas caso de tenerlas encendidas. El animal levanta la cabeza con pesadez, como queriendo asegurarse que merece la pena observar lo que no ha oído, efectivamente el brillo de las llamas se refleja en sus pupilas sin vida; es ciego. El pastor de patillas rasuradas se alborota con las llamas que impertinentes, han dado la voz de alarma que no ha querido dar el pirómano, por lo que la noche se viste de colores apagados como lo estaba la colilla que el pastor descuidado arrojó sobre unos pastos esperanzados de dar la nota. Las cabras han cesado en su ramoneo, miran con desconcierto ya que carecen de los instrumentos precisos y en caso de tenerlos, del talento necesario para interpretar alguna melodía recogida en las hojas sueltas de un pentagrama imaginario. Una de ellas, la más osada por su apariencia voluminosa y piel parda, se acerca hasta la bestia que permanece en las tinieblas por causa de su mala cabeza; si es que se le puede denominar así a una acción aislada que tuvo un colofón demasiado estricto para el resultado no buscado pero a la postre encontrado entre las manzanas esparcidas por el mantel tras la copiosa comida. Resulta que el animal, un mulo tordo y picado de viruelas, se encontraba realizando las labores propias de su especie que no es otra que la de negarse por sistema a lo que le ordenan - creo que le llaman terquedad-, aunque esta cualidad no sea exclusiva del menoscabado híbrido. No tuvo una segunda oportunidad, no hubo piedad ni siquiera para darle opción a redimir su acción, el dueño o cabrero pirómano involuntario, le apaleó con tal furia que se diría que se había ensañado con el animal. Y así debió de ser, por que cuando terminó de golpearlo con la estaca que siempre llevaba presta en el zurrón, agarró una piedra de tamaño mediano, más bien enorme y se la arrojó con las fuerzas de que dispuso en ese momento. Incapacitado para fintar o al menos esquivar la pedrada, fue alcanzado entre los ojos que chorrearon sangre en cantidad suficiente para que el veterinario le tuviera que practicar una transfusión de urgencia sin poder precisar el grupo por desconocer en esos momentos, y ahora también, si la sangre de los equinos también se encuadra en grupos o solo se les encuadra por la noche por miedo a que los lobos les aúllen canciones góticas al oído.
El fuego ya se ha transformado en un incendio forestal, las llamas pronto alcanzarán el río. El río no le teme al fuego, máxime cuando éste se ha producido con una colilla apagada. El fuego se encara con el río, el río se encara con el fuego y una vez cara a cara, se dan la espalda. El conflicto estaba servido, el uno como representante de la desolación forestal con calzón rojo y camiseta anaranjada, el otro con camiseta azul y desnudo de cintura para abajo. Al parecer el día que fue llamado a declarar por los motivos de su impúdico comportamiento alegó que la humedad no le permitía secar la ropa, así que no se la ponía para evitar el reuma. El jurado un tanto comprensivo con las condiciones personales del río y dado que carecía de atributos que exhibir a las mozas cuando iban a lavar, optó por declararle inocente siempre y cuando se abstuviera de erecciones infundadas. Aceptados los términos de la sentencia dejó de ser el mismo, vagó sin rumbo por la pradería, recorrió lugares ignotos que no recordaba haber visitado antes de la primera vez, y se encaprichó de un sauce llorón que no quiso mantener una relación ni aún postal. El río despechado decidió poner fin a su sufrimiento y se arrojó por una cascada, pero con tan mala suerte para sus intenciones, que vino a caer en el lecho de otro río que pasaba por allí en aquel momento. El flechazo fue instantáneo, y la paloma cayó mal herida a orillas de los nuevos enamorados que para no despertar recelos entre el uno y el otro, optaron por seguirse la corriente.
El incendio ha seguido su curso, se matriculó de tres asignaturas por que se creía que tendría el coraje suficiente para culminarlas con éxito. – “No sé yo, se necesitan muchas agallas para eso”- le dijo un lucio que acompañaba al río en sus paseos las tardes de verano en aquellos días en los que las carpas se vestían a rayas y los barbos se rasuraban. En vista de que la contienda no tendría lugar, decidió esperar a ver que actitud tomaba el río o al menos comprobar que las cabras efectivamente seguían viendo personajes imaginarios. El río nadaba ajeno a los humores del fuego, despechado con el sauce llorón había decidido marcharse de allí y dejar que el condolido árbol se secara o al menos se le enjugaran las lágrimas que no comprendía; no podía adivinar las causas que llevaron a un robusto sauce a convertirse en una plañidera tan cabizbaja. Cuenta la historia que todo fue causado por la pena, que como todo el mundo sabe es el atributo masculino pero en versión femenina, vamos algo así como si dijéramos la torá, que no es la hembra del toro sino un libro sagrado de los judíos; éstos vendrían a colación pero en sentido inverso, permutando el femenino anterior por el masculino posterior: Los judíos serían la sinonimia de la habichuela verde, aunque hay quien les llama vainas, no sé si por que las consideran estúpidas o por alguna connotación que se escapara a la intuición del mulo -ya se sabe aquello que ojos que no ven, corazón que no siente-. Cansado de esperar que las cabras se pongan en marcha el pastor ha decidido retornar al pueblo siguiendo el curso del río, éste creyendo que lo que realmente pretende es plagiar sus escritos, se ha escondido tras las grietas de unas peñas flamencas que bordeaban su cauce. Desconcertado como las cabras, se rasca la coronilla y descubre que ya era calvo antes de que el río se escabullera por entre los riscos acaudalados. Aprovechando la ocasión que se le presentaba le entusiasmó comprobar que la alopecia era compartida con su nueva conocida, que no amiga. Durante un rato no muy largo, apenas un par de meses, discutieron sobre la oportunidad o la contrariedad de ser pastor sin rebaño u ocasión para realizar lo que en ese momento apeteciera de hacer. Ella con gesto adusto le dijo que parecía un niño, que como se le ocurría pensar que la ocasión era una oportunidad como cualquier saldo de tienda de “chinos”. La ocasión según sus propias palabras era la culminación de un hecho deseado al que no se había podido tener acceso. Extrañado y un tanto perplejo, el pastor manifestó su disconformidad con tal aseveración:
- “Perdonad que os diga que no estoy de acuerdo”. La ocasión se mesa los cabellos cansada de personaje tan poco relevante y le interrumpe alzando una mano nervuda y carente de dedos:
- “En primer lugar te diré que el mero hecho de estar de acuerdo, demostraría que habíais escapado a la influencia de las cabras que apacentáis en tiempos de guerra, y que al menos entendéis algo de pescado, pero al no estarlo solo puedo colegir que no tenéis remedio”. El pastor se queda confuso, mira a los ojos a la ocasión y torciendo el gesto arroja una piedra más grande que la usada anteriormente contra el mulo, cogida por sorpresa no sale de su asombro y se queda sin luz para el resto de sus días:
- “Si hubieras aprovechado la ocasión habrías esquivado la piedra”. Le dice con socarronería a la sangrante, que le mira con ojos despiadados y vacíos de cualquier contenido. Reacciona y contesta con voz patibularia: - “Has firmado tu sentencia, no creas que el jurado será tan indulgente contigo como lo fue con el río, él tenía unos argumentos, mejor dicho no tenía argumentos que mostrar para que la impudicia imputada tuviera razón de ser, pero tu caso es distinto…”
El cabrero fue condenado a pagar las costas del juicio, pero por cuestiones de urbanismo descontrolado fue absuelto de cualquier imputación. El hecho de no verse inculpado le dio alas para seguir con su trayectoria delictiva, así pasados tres meses se vio involucrado en un asunto tan feo como la exvicepresidenta del gobierno. Aunque pudiera parecer mentira, que lo es, no deja de tener su importancia, y es que cuando el río suena es por algún instrumento musical que anda tocando. En resumidas cuentas que uno más uno son dos y que si el cabrero hubiera sopesado las consecuencias de su acción tan poco meditada, hubiera convenido con las cabras en la idoneidad de rumiarla antes de llevarla a cabo, pero cuando quiso echar cuentas ya tenía los galones.
Aquella noche y valiéndose de que la luna no brillaba por parte alguna, se aprestó a culminar su plan. Las sombras encubridoras fueron declaradas cómplices aunque no había pasado de una simple colaboración desinteresada al cuatro por ciento sobre el capital invertido. El jurado popular creyó ver claros indicios de que la suspicacia era síntoma de la desconfianza más absoluta. El veredicto no sorprendió a nadie ya que fue emitido de cara al público que esperaba expectante en que derivaba el asunto que les había congregado a las puertas del juzgado. La policía tuvo que cargar contra los manifestantes al considerar que aquella exhibición no era más que una clara alusión al régimen anterior. La avalancha humana se vio hundida, desmotivada al no encontrar motivo alguno que justificara la sola presencia de aquel que portando una pancarta en su mano derecha y que decía: “Liberad a Willy”, decidiera arrojarla contra el uniformado que blandía la defensa sobre las cabezas de San Juan. Y es que tratándose de cabras o de manifestantes, la cosa no puede terminar más que a berridos, trompadas y alguna carrera descontrolada.
/image%2F0222611%2F20220227%2Fob_d4939f_img-20161226-wa0026.jpg)