Los adinerados, sean de la condición social que sean, pertenezcan al mundo
Los adinerados, sean de la condición social que sean, pertenezcan al mundo de la banca, la política o la farándula, carecen no ya de objetividad a la hora de valorar la situación social; además adolecen de la mínima legitimidad moral. No es cuestión de valorar las convicciones por el valor de sus cuentas corrientes, sencillamente no se puede pensar en azul si eres una naranja.
Últimamente suenan voces que se elevan por encima de las colas del paro, enfatizando sobre la lacra, la crueldad o la injusticia que conlleva que un gobierno someta a sus conciudadanos a la condena vitalicia de la ausencia de un empleo que le garantice, o al menos le provea de unas condiciones mínimas de supervivencia. Esas voces jamás han sentido el miedo a perder su estabilidad económica, no conocen el rostro de la necesidad. Unos por que nunca lo han visto, otros, por que la memoria se retrae a evocar tiempos que pretéritos en sus sueños, han quedado olvidados hace tiempo. Claman con voz atiplada por una regeneración de la sociedad, por una igualdad respaldada en la hipocresía del que sabe que con él no va la fiesta. Es muy fácil pedir pan para los demás al panadero ajeno, puede resultarles incluso gratificante, edificante o tal vez descanso de conciencias rugirle al gobierno que haga los deberes empeñados en una tienda de regalos. Pero no se les viene al suelo la cara cuando ellos mismos son los que terminan aplicando las fórmulas que tanto critican. Así, no resulta extraño que mientras vocean contra la reforma laboral tachándola de injusta e insolidaria, ellos mismos contratan en condiciones inferiores a las exigidas por esa misma norma que censuran. Mientras acusan al gobierno de dilapidar el dinero de los españoles, invierten el suyo en paraísos fiscales donde un adán de Montecarlo hace las veces de croupier de las nóminas de los que explotan. Los hay que incluso llegan a tocar el cinismo con las manos, como esos que sestean en su escaño minutos antes de salir rumbo a las Maldivas, los fiordos noruegos o el norte de Marruecos, donde sus señorías han depositado inversiones millonarias mientras sus gobiernos esquilmaban a esos mismos que hoy son la niña de sus ojos.
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