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La política tiene la virtud de combinar las ideas con los intereses. Esto

por el príncipe de las mareas

La política tiene la virtud de combinar las ideas con los intereses. Esto estaría bien si habláramos de los intereses comunes, o al menos los intereses de una mayoría de ciudadanos afectados por las decisiones concretas que se tomen.
La experiencia me ha marcado la ruta que siguen los políticos, en general no es otra que la consagración de sus propios intereses, sus propias ambiciones, sean económicas o personales, si bien las primeras siempre serán inherentes a las segundas.
El político puede hacerse a sí mismo, o simplemente se deja llevar por la inercia, sea familiar o institucional. Al principio buscará soluciones a los problemas que acucian a esos, a los que se debe, o al menos piensa que ha contraído un compromiso moral. Luego ese compromiso se transforma en una deuda real si se han conseguido los objetivos a los que aspiraba. Digamos que ha alcanzado la suficiente cuota de poder como para poder devolver esas promesas que en su día brindó a sus electores, seguidores, afiliados, o simplemente hipotéticos, sin conformación alguna más allá de una idea preconcebida de cooperación y solidaridad con su entorno.
Ya tenemos al político profesional, al que vive de eso, que denominan servicio al pueblo, y que no es más que una representación teatral con buenos actores. Aquí podemos hacer una división entre una minoría que continuará fiel a sus principios ideológicos, caso de un concejal de pueblo que no percibe remuneración (no cumpliría en todo el tipo de profesional al faltar el elemento pecuniario, pero sí estaría presente la posibilidad y las ganas de servir). Éste apenas se da, de hecho uno (para mi el mejor) murió este año en la provincia de Cáceres. Luego tenemos al más enraizado en esto de vivir de las prestaciones que perciben por el solo hecho de haber tomado el relevo a la nobleza.
Montesquieu acertadamente concibió la separación de poderes, sin embargo en España, el tándem Felipe- Alfonso pergeñaron la muy rentable idea de unificarlos de nuevo. Así, se defenestra la misión del Parlamento dejándolo como una cámara auxiliar, donde las mayorías absolutas se pervierten y transforman en dictaduras mediatizadas. Luego viene el Poder judicial, ese que al ser independiente puede resultar incómodo a la hora de atribuirse ese poder absoluto. Se cambian de nuevo las reglas del juego, y se consagra una nueva modalidad de ejercer ese control, a través del juez, magistrado o jurista apesebrado, agradecido, o simplemente endeudado con su amo. Tal vez resulte más correcto decir sujeto a las decisiones de aquel que le ha nombrado (Un caso flagrante es el Tribunal Constitucional).
El político madura, va dejando atrás capas de piel muerta, piel endurecida cual escamas de saurio que le protegen de las intempestivas del mundo en el que se mueve. Atrás van quedando las ideas, los principios, las promesas sinceras, esas que se albergan durante años y que terminan por abandonar el cuerpo por motivos se supervivencia o simplemente costumbre. Se refuerza el pensamiento único (de ahí el PPSOE), se agudiza el instinto de supervivencia en un mundo plagado de traiciones, de fratricidas costumbres por heredar los privilegios del difunto. El político se endurece, se vuelve inmune a la realidad social, comienza sentir hasta desprecio por aquellos que les solicitan que cumplan con su cometido, que trabajen en beneficio de la Comunidad no en el propio. Les aterra el cambio, huyen de sus fantasmas y se aferran a sus instintos más primarios.
Aznar hablaba catalán en la intimidad de una urna catalana, Felipe se enteraba de asuntos tan feos como el Gal por la prensa, Chávez desconocía los asuntos de los Eres fraudulentos, ignora el concepto de nepotismo, Vidal Quadras no concibe como sus piernas de señoría puedan estar compuestas de los mismos tejidos que la del resto de humanos a la hora de viajar en clase turista. Touriño era dadivoso con las amuebladoras, otros con los concesionarios de automóviles de lujo. Bono y sus propiedades que superan a las de la aspirina, y que pueden proceder de la magia, la suerte o el azar. Anguita que no podía residir en un piso como los demás, debía tener espacio suficiente, tan holgado como la renta que debíamos pagar los españoles. Viajes de placer para ver al Perito Moreno, la Siberia (aunque sirva de escusa para comprobar in situ si la climatología ferroviaria existe en Andalucía), o escapadas de sus señorías para combatir el estrés con alguna recomendación de repetirse anualmente.
En Casablanca a los protagonistas siempre les quedará París. A sus señorías les queda el Consejo de Estado, las multinacionales y sus Consejos de Administración, las conferencias millonarias, los puestos en la ONU, la OTAN, el Banco Mundial o la mismísima OLP si ha habido previamente un desembolso económico procedente de los maltratados bolsillos del contribuyente. Ah, y no olvidemos las pensiones contributivas, esas que superan a la del anciano de turno en unos cuantos ceros.

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