la líbido de sus señorías
Mi madre solía decir que peor que un tonto, es un tonto sinvergüenza. Un lelo carente de pudor a la hora de recetar sin licencia, es este elemento neutro que abordó la Moncloa a golpe de manipulación barriobajera. No sé si tiene cara de pene, sí es obvio que la tiene de pena –por aquello de la igualdad establecida por los eruditos de la sandez acomplejada-. Pena me da que seamos tan lerdos, tan lentos en reflejos, que no veamos la puesta del sol hasta que las sombras han invadido nuestras vidas.
Salir de este atolladero intelectual en el que nos ha introducido sin calzador este paladín del deterioro institucional, no será cosa fácil. Cuentan con el aprendizaje del advenedizo, del que a base de medrar a la sombra del más alto ha aprendido las formas del dictadorzuelo renqueante – a este sin embargo se le ve de que pata cojea-. Su cohorte de espléndidas dadivosas, sus maneras glamorosas en la sodomización artera, y sus devaneos con la ingravidez mental, lo han convertido en la madame de un lupanar apocalíptico, donde el final de tanto solaz a dos bandas está tocando a rebato. Sus señorías perfilan el final del trayecto, cuales casanovas caducas contemplan la dificultad de alcanzar una erección que se precie; por ello y ante el final anunciado por las trompetas de Jericó en boca de Merkel y Sarkozy, Obama cerraría la función con aquella frase tan recurrida en tiempos de crisis: “Tócamela otra vez Sam”
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