ZP y su rubalcabra sin legión
La conjunción planetaria, como era de esperar alumbró un eclipse. No fue un parto fácil, que las comadronas debieron sudar lo suyo ante vástago tan distinguido, debió ser el resultado del apareamiento entre un lelo y un bobalicón. El negro tiene más prestancia, como más glamour por aquello de la nota de color en una casa blanca; el otro, el que alumbra sus noches con la lectura del Amadís de león o las peripecias de Rinconete y Cortadillo, no pone nota alguna, acaso un suspenso compulsivo más allá de la convocatoria extraordinaria de Diciembre.
Llegaron ambos cogidos de la mano de la diosa fortuna, esa que se le aparece a los vendedores de humo a orillas de un río salmonero. Los dos portaban el estandarte de la tolerancia más adelantada a su tiempo, la ambigüedad de las maneras y el desorden de las ideas más o menos decretadas. Como si no, que a través de decreto se van ha hacer oír sobre el túmulo de la desesperación. Llegaron y vencieron, vieron y perdieron. Permanecieron, y el uno nos hundió en las profundidades del Tártaro, el otro, a saber lo que tarda en salir disparado en pos de la órbita planetaria de Marte.
Transcurrían los días y el negro se apagaba, su color descafeinado se desvanecía tras el halo de una idea marchita o inacabada, mientra el otro, el nuestro, se dedicaba a esconder la jeta cual jabalí escarbando entre los despojos de una sociedad decadente. Alumbró el nuestro una idea, quizá, tal vez auspiciada por su exministro Sebastian y sus lámparas de bajo consumo. Nombraría a la sierpe del Edén todopoderoso señor de los infiernos, mientras él permanecía en formol a la espera de una primavera tardía que se alargara más allá de su calendario habitual. Y llegó el delfín recién coronado para comandar las tropas de la resurrección, para afianzar las trémulas iniciativas de la recuperación nacional. Y acalló las voces agoreras que vaticinaban el fin de los días, y alentó el dialogo con los demócratas de las armas, con los señores de la guerra de las montañas euskaldunas. Este androide desdibujado se hizo con el poder mientras su valido balaba por los montes de León en una noche de Halloween que reivindicase al negro en su importación espuria y a sus vástagos de ropajes y costumbres medievales.
El heredero no tardó en dar señales de sus apetencias, de sus instintos depredadores; a por ellos, que no quede ni uno. Como si se tratara de dar caza a los cien mil hijos de San José Luis reencarnados de guardias civiles sin descontar las bajas sufridas a manos de sus verdugos, esos que alentaban y alientan alcanzar su propio poder a costa de la sangre derramada por toda la geografía española, pero con especial relevancia en las tierras vascas. Sí señor Rubalcaba, esa es la senda correcta, ese es el camino trazado para llegar sin demora al lugar de destino. Pacte y dialogue con los asesinos de guardias civiles y castigue a sus víctimas con la indiferencia y el desconsuelo. Puede que obtenga su recompensa más pronto que tarde, puede que se vea abocado a redimir sus culpas bajo la bota de uno de éstos, a los que hoy somete con presteza.
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