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Federico, un vigilante de cierta empresa, albergaba un secreto a voces entre

por el príncipe de las mareas

Federico, un vigilante de cierta empresa, albergaba un secreto a voces entre sus conocidos. Este hombre de unos cincuenta años de edad, y Citroën visa como medio de trabajo, había adquirido una afición algo singular. Su voyerismo se alargaba más de lo medianamente razonable y se extendía más allá de sus miradas indiscretas, de hecho en él este hábito acabó por convertirse en un problema eyaculatorio por unos denominados precoz, y al que Manuel bautizó como corridas sin lidia. El vigilante era un apasionado de su inclinación, tal era su arraigo, que en más de una ocasión había sido burlado por Manuel.
- En el pinar un Citroën color rojo, en la trasera de la azucarera una furgoneta blanca, en la misma subida al castillo en la segunda curva, un coche blanco. No eran necesarias más explicaciones ni indicaciones superfluas, el vigilante no perdía el tiempo en dirigir los faros en pos de la escena amorosa que imaginaba desarrollarse dentro del vehículo nombrado por su informante. Así no eran necesarias representaciones del Kama Sutra con sus contorsiones imposibles, ni relatos propios del Decamerón de Bocaccio –aunque en los tiempos actuales, tales descripciones eróticas no pasaban de unos meros esbozos aptos para cualquier edad- o las representaciones iconográficas más lascivas que pudieran acaecer en las mentes promiscuas de algún paladín cinematográfico del momento. Federico era un romántico sexual, una reliquia del escarceo carnal recogido en sus dilatadas pupilas. Como en alguna ocasión la realidad no coincidía con las palabras, y Manuel sólo pretendía mofarse de tan denostable intrusión en la intimidad de los demás, el burlado vigilante volvía malhumorado y con el pañuelo limpio. Y es que el lienzo lo usaba a modo de compresa para enjugar el flujo cuando la noticia confirmada le estimulaba en demasía ¡Que cara de lúbrico satisfecho presentaba cuando las escenas recreadas en el asiento trasero del vehículo habían colmado sus aspiraciones! No es que fuera un sátiro desmedido ni un licencioso sin carrera universitaria, su caso era uno de tantos a los que la represión de la dictadura había vuelto un tanto “célibes” a la fuerza. Federico también corría –sin pronominal de por medio- los encierros locales cada año durante los festejos en honor al patrón San Roque, aquellos días en los que las astas de unos se mezclaban con los cuernos de otros consentidos o no, que el vino adormece o despabila, según se trate de la conciencia o la libido

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