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No por esperado, me ha resultado menos repugnante. La historia nos habla de

por el príncipe de las mareas

No por esperado, me ha resultado menos repugnante.
La historia nos habla de infinidad de situaciones que se repiten, que vuelven sobre sus pasos como si no hubiera otra salida que desandar el camino para llegar al mismo lugar de origen. Esta piel de toro amansado, sin trapío, que rehúye la pelea y se refugia en las tablas del tendido 78, ese tendido que alberga con alborozo a los que un día 6 de diciembre ejercieron de amanuenses para empapelarnos la vida con un panfleto al que llamaron constitución.
Nos parecía que habíamos plasmado todas las virtudes de la democracia en esos 169 artículos, y lo que hicimos fue abrir la caja de Pandora. Dentro de ese tratado caben una serie de buenos propósitos que tiene menos futuro que el día de ayer, caben unas traiciones a la historia, a la cultura, a la razón de ser de un pueblo; caben unas aberraciones jurídicas que a cualquiera que la haya leído se le queda cara de no entender nada. Allí se forjaron las Comunidades autónomas que atentan contra lo expuesto, allí se grabó el índice, el programa a desarrollar por la casta política con respecto a lo que todos conocemos como justicia. Pues no señor, eso no es así, la política debe quedar al margen de la justicia, como cualquiera con un vatio de luces sabe. Allí, se dio entrada a defensores del pueblo, cierto que la figura ya existía en Aragón, el Justicia de Aragón, pero no que se inventara un clon para cada región transformada posteriormente en comunidad autónoma.
La Constitución creó el Senado, centro de recreo para que doscientos y pico indefinidos se arrimaran a cobrar unos buenos dineros a costa del erario. Y por supuesto creó a la estrella del baile, al desmadre más absoluto jamás concebido en democracia alguna, el TC. Este tribunal partía como garante de los derechos propugnados en esos 169 artículos. Garante es el que garantiza, el que preserva de algún mal concebido contra el pueblo español. Ese garante, debe haber sido en otra vida un príncipe encantado, por que nos ha salido rana, y no por que sus señorías sean verdes, aunque merezcan que los tintemos con ese color cada vez que saltándose el burladero del cinco, se nos mete a enmendarle la plana al Supremo. Mira por donde, continuando con la etimología, supremo es el más alto, el más cualificado para regir los designios judiciales. Pues parece de nuevo que no, que esa misión se la adjudican los de siempre, los de la casta al constitucional. Le dan al supremo la “autorictas” pero le niegan la “potestas”.
Con el paso de los años nos volvemos más gruñones, pero menos combativos, pedimos resultados, pero no asumimos riesgos. Así, esta añeja piel de toro, se fue debastando, se fue puliendo hasta convertirse en una badana de oveja, una piel que a excepción de la cara de esos, no vale para decir no a la inicua situación a la que nos han arrojado de nuevo los mismos, la casta. Y con el paso de los años los designios del oráculo se cumplieron, y el destino presagiado se nos presentó en forma de leonés desdentado que con esa mísera rádula que sustituye los dientes necesarios, fue minando todo lo que le rodeaba. Este infausto personaje se erigió en adalid de la estulticia, en defensor de la injusticia, en Arturo de una tabla redonda donde se fraguaron los males no del mundo, pero sí y mil veces sí, los de una nación rota, hundida, amedrentada, incapaz de fijar la mirada por encima de la puntera del propio calzado.
Estando en estas, llegó la cosecha, tocaba recoger el fruto de la siembra maléfica perpetrada tras siete años de infortunio: miseria económica, miseria intelectual, miseria institucional, miseria cultural y miseria vocacional. Y se alzaron al viento sus proclamas, y estas fueron recogidas por aquellos, que de la costilla de la constitución, se había erigido en garante de todos nosotros, en defensor de nuestro destino, el Tribunal constitucional. Este lupanar, este conventículo (véase que no digo alegal, sino ilegitimo), quiso jugar a ser dios, y del barro fabricó unas sentencias a cada cual mas infame, más abyecta pero con total y absoluta certeza de que no eran más que la repuesta a las imposiciones de sus amos, esos, aquellos que les nombran.
¿Culpables? Todos y cada uno de los que moramos bajo este pellejo reseco que un día fuera escudo. Nosotros por consentirlo, por permitir con nuestros votos, con nuestra sumisión, que esta canalla siga medrando década tras década, culpables ellos, los “conservadores” porque no tienen agallas, por que les falta esa hormona que secretan los testículos para mirar de cara al morlaco puesto en suerte, y clavarle el estoque hasta quebrarle la espina dorsal. Culpables los “progresistas” por amamantar a la fiera, por jugar a ser dios y maldecirnos de por vida con sus designios, sí, con sus llamamientos a filas de los más ruines, los más cobardes y traidores, para que se sienten a la diestra de ese dios padre, ese contador de nubes que les dio la mayoría suficiente para que un día más, un día como hoy, vuelvan a traicionarnos a todos sentando al terrorismo en las instituciones.

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