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El traqueteo nocturno del tren le sacó de su ensueño, apenas si habían

por el príncipe de las mareas


El traqueteo nocturno del tren le sacó de su ensueño, apenas si habían dejado atrás la estación de Valencia. La muchacha andaría por los diecisiete, Manuel ya había cumplido los dieciocho. Él vestía uniforme de “granito” de paseo y boina militar, ella un vestido de color rosa con un enorme lazo a la espalda. La conversación se hilvanó en la estación de Córdoba, a eso de las dos de la madrugada, y tenía visos de no acabar hasta despuntar el alba. La madre se había asomado un par de veces para recriminarle que no anduviera durmiendo en la litera, aunque en realidad lo que pretendía ocultar con sus palabras, lo vislumbraban sus ojos recelosos hacia el uniformado que parlamentaba con su hija. Era obvio y así lo percibió Manuel que no estaba muy conforme con que el fruto de sus entrañas entablara confianza con personas extrañas. Lucía, que así se llamaba la causante del desvelo de su madre y la vigilia del soldado merodeador de pasillos, no se daba por aludida a los requerimientos de la madre. Al final la madre debió acabar durmiéndose por que la luz clareaba en el cielo otoñal y no había vuelto a asomarse a través de la puerta corredera del departamento. Vinaroz los separaría para siempre, no habría lugar a más encuentros en pasillos estrechos ni en amplias plazas, no volverían a saber nada el uno si ella se casó, ni la otra, si él aprobó las pruebas físicas para la oposición de sargento del ejército. La estación de Vinaroz zanjo de raíz lo que la madre solícita no había conseguido en muchos kilómetros de línea férrea.
La claridad de la mañana se asomaba obsequiosa por la ventanilla cerrada herméticamente, el sol tímido al principio había perdido todo rubor ocultándose tras una nube impertinente de las muchas que pueblan los cielos norteños. Al abrir los ojos notó que el paisaje había mudado sus galas esteparias para vestirse con verdes húmedos y aguaceros recatados. La llovizna o sirimiri, que así se conocía esta tenue cortina de gotas de agua sin destino acordado, perlaban los cristales de las ventanillas, la ruta escarpada entre valles bordados de verdes tirabuzones, o cerros casi ralos que recordaban un paisaje vívido en la memoria del soñador. El tren se desplaza con cadenciosa marcha, pareciera que anduviera sorteando con prudencia las esquirlas rocosas o las ramas vencidas de pinos, acebos y helechos que pueblan con altanería la orografía vasca. Curvas imposibles sobre quebradas impertérritas, ajenas al progreso acechante que busca hallar el camino más recto entre dos puntos, incluso trazando giros quiméricos en el vuelo de una pared rocosa. Poblaciones antiguas sumidas en un ambiente húmedo de pastizal, ciudades industriales donde el hierro se erige como protagonista principal en esta escena de personajes con boina, manos grandes y mirada clara, desafiante, en un mentón pronunciado

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