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Está anocheciendo, ya casi ni se ve, definitivamente las palabras deben

por el príncipe de las mareas


Está anocheciendo, ya casi ni se ve, definitivamente las palabras deben andar a tientas entre los contertulios. La oscuridad de la tarde invernal no permite más visibilidad que el sonido de ellas en lenta secuencia, como siguiendo un turno imaginario donde cada uno va desgranando esos restos de tarde, ya casi noche.
Juan y Pepa son matrimonio, tienen cerca de ochenta años cada uno, y una casa que se les cae encima. No tienen hijos, nunca los tuvieron. Ana, la benjamina y propietaria del lugar de reunión pasa de los sesenta, y no parece tener intención alguna de encender la luz eléctrica que sustituye a la lamparilla de aceite del viejo molino. Es viuda desde hace ya varios años, sus hijos independizados por causa de la edad residen fuera del pueblo y son remplazados cada tarde por los vecinos, Juan y Pepa. También se les une Josefa, que aunque sí tiene marido, siempre anda trapicheando en las labores propias del día a día. Solo falta Juana, que hoy no asiste al conclave por razones que desconozco. El que escribe hace acto de presencia después de dejar a Federico y Tomás en sus respectivos domicilios; Frasco es de suponer que continúe en su cubil pertrechado con sus colillas. Obviamente desentono en la reunión por mis pocos años y mi ignorancia de permanecer a oscuras, cuando tengo tan a mano el interruptor de la luz olvidado, no convidado a estas tardes de asueto en la casa de Ana, la tía de mi padre. De riguroso negro por el luto, los sucesivos lutos se van engarzando uno detrás de otro en ésta España rural donde el negro prevalece sobre cualquier color en la indumentaria de las mujeres. Los hombres lo demuestran con más recato, acaso una corbata, un brazalete en señal inequívoca de la pérdida de un familiar más o menos allegado.
Estas charlas añejas, reiteradas en los días van dando un margen de vida a cada uno de ellos en su rutina cíclica y desventurada; les confieren el don de ser escuchados por un auditorio que aunque reducido, permanece fiel a la costumbre en estás tardes de invierno a oscuras, que las palabras no necesitan más luz que lo dicho en ese momento y lugar. La oratoria no alberga más pretensiones que las de alargar esas horas que preceden al sueño inquieto, desajustado en las manecillas de sus cuerpos gastados por el roce continuo con la vida. Reuniones ancladas en el pasado de éste presente alargado en un no futuro, que me traen palabras de una lengua que no entiendo. Palabras tan extrañas que su significado si acaso tuvieren alguno, se escapa en la noche de los tiempos oscuros por la ausencia de luz. Términos tan llamativos como singulares, los cuales paso a enumerar por la complejidad con la que aturden a un niño de siete años: Pejiguera, la cuna que te dio aire o el dios que te batanó, todas dirigidas al no integrado en esa cofradía, ese conciliábulo de ancianos; a mí en una palabra.

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