Allí esta de nuevo como cada tarde, en el paso a nivel de la línea férrea
Allí esta de nuevo como cada tarde, en el paso a nivel de la línea férrea Sevilla-Bobadilla. Ha llegado presuroso con su paso cansino, fiel a la cita prolongada durante años. Le gusta ver pasar los trenes, le gusta verlos en su deambular errático como gigantescas orugas metálicas, que no para en la estación de sus sueños, que continúa su camino a lo largo de su mirada embelesada. Tiene sesenta años a sus espaldas y más de treinta frente a las vías. Su pesada humanidad se desplaza de regreso una vez cumplido el ritual diario que le mantiene vivo. La jubilación anticipada, a causa de su enfermedad, le ha dejado un vacío que sólo puede llenar con su mirada, esa mirada como perdida, concentrada en su pasión por los trenes que no circulan por su casa, por su calle, a los que tiene que ir a buscar cada tarde al paso a nivel con barreras. Ya pasó el último de hoy, fin del espectáculo y paso por taquilla a sacar la entrada para el próximo. Regresa con paso cansino, para qué desentonar en la partida con la llegada, marcha despacio con el olor del hollín pegado a sus labios y el asfalto derretido en sus zapatos. Un día más se ha consagrado la comunión entre el hombre y la máquina. Mañana si no llueve, que no lo hará, de nuevo encaminará sus pasos cansados hasta su lugar de peregrinación.
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