El ministro nos tasó el derecho
No me gustaba Zapatero por que era demasiado enrojecido. Lo digo con toda la carga peyorativa que pueda albergar este palabro. Las ideas son personales, de cada individuo, y además no se pueden compartir. Sí, digo bien, habrá quien se identifique con un ideal, quien asegure que sus sentimientos están conformados en concordancia, o al menos en armonía con los postulados ajenos, pero eso no es compartir, eso yo le llamo identificarse.
La ideología del que detenta el poder debe estar restringida a su exposición pública. Me explico. Un gobernante no rige los destinos de sus acólitos o sus afines, gobierna para toda la colectividad, si no lo hace así, estará discriminando al sector que no le votó. Por eso no me agradó su gestión, por que se escoró en demasía y no quiso o no supo ver que los administrados estamos por el consenso, por el equilibrio institucional, y las demandas del pueblo soberano. Por estos desmanes y por haber creado un efecto invernadero sobre la economía fue desposeído de su cargo. Le relevó el que venía con las ideas claras, el que conformaría esas dos formas de entender las necesidades patrias. Traía colgado del cuello no el cartel del talante, dios nos libre de semejante eufemismo torticero, sino el de contemporizador, el que nos sacaría del pozo identitario en el que habíamos caído. Mintió, no diré que de forma especialmente premeditada, tal vez erró en sus cálculos, pero mintió como solo lo hacen los embusteros profesionales, lo hizo como un tahúr que solo lleva una pareja de doses y nos vendió un full de damas.
Si no me gusta el enrojecimiento excesivo, menos si cabe me agrada la radicalización de tintes añiles. No se puede zarandear a la población como si se tratara de un nogal y esperamos recoger todas las nueces antes que maduren. Eso es lo que ha pretendido el nuevo okupa de la Moncloa, dejar al árbol de la ciudadanía sin hojas que le permitan respirar, sin que la vital fotosíntesis pueda realizarse por la carencia de luz. No voy a enumerar sus despropósitos, no voy a entrar en la cuestión pormenorizada de su gestión alejada de las necesidades de un pueblo que había quedado en cueros tras el mandato del anterior. Solo algunas pinceladas de lo que a mi entender, le está condenando al desprecio más absoluto de aquellos que al igual que la canción de Cecilia, votamos sin tarjeta. Nos ha crucificado con mayor o menor necesidad, con sus tasas, con sus recortes, con su seguidismo espureo y suicida de una teutona trasnochada en ideas y febril en poder. Pero el último movimiento, ese del alfil apuntando a los últimos escaques de un tablero soberano, me resultan inadmisibles. No ha precisado de dama ni torre para acorralarnos, no ha habido opción a un enroque desesperado por eludir esa tenaza de su ministro de justicia. Hoy nos ha hecho más vulnerables ante sus ataques, y los de los que le sucedan, hoy nos ha privado de un artículo constitucional que por ser el 24 está dentro de los denominados fundamentales. Hoy señores del gobierno han abierto aún más esa zanja que divide a pudientes y a los que no encajamos en esa definición. La justicia debe ser imparcial y debe tutelar los derechos de los españoles, ustedes acaban de quitarle esa potestad.
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