presupuestos
Los presupuestos generales son la constatación de que este país se puede permitir pocas alegrías. Este titular que acabo de esbozar, parecería cierto si no fuera por que encierra una falacia encubierta, una arana institucional. La alegría ya no es un estado de ánimo, una expresión de fortaleza mental, ahora no es más que la desvergüenza con la que nos venden un paquete de medidas pensadas para ellos.
Si analizamos por encima las cifras, vemos que entre las prestaciones de desempleo, pensiones, deuda e intereses de la misma, apenas queda para completar la tarta. Difícilmente se puede crecer y por ende crear empleo, con estos números propuestos. El gobierno navega contracorriente en busca de su ayuntamiento con el abismo, la oposición espera con los brazos abiertos esta catástrofe para apropiarse de los jirones que queden. El primero carece de brújula, de norte y de dinero, la segunda carece de vergüenza, de lealtad y de credibilidad, ya que la dilapidó en su anterior etapa.
¿Por qué digo que todo esto es una mentira? Porque lo es, es un hecho que la casta política no busca el desentumecimiento económico, no pretende salir del pozo. Busca con ahínco la desesperación, la comprensión y la aceptación. Un pueblo desesperado puede comprender, o al menos creerse, que la realidad no es otra, que debe soportar las inclemencias de esta crisis hasta que lleguen tiempos mejores. Ese pueblo creyente acepta de buen grado las rebajas sociales y en derechos. Así, cuando se le pide un esfuerzo adicional, uno más que sumar a los muchos ya realizados lo afronta en la esperanza de que al final sea para bien. Mentira, nuestro esfuerzo y sacrificio suponen su estabilidad, la continuación de su estatus privilegiado. ¿Por qué no se revisan sus pensiones vitalicias, sus prebendas de nobleza, sus errores y latrocinios? Porque la realidad suya no es la nuestra, ellos son los elegidos y nosotros los parias en una tierra prometida donde la leche y la miel no llega a los suburbios.
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