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nacionalismos

por el príncipe de las mareas

Hace unos años realicé un trabajo sobre nacionalismos, lástima que no tengo copia de él. Recuerdo que me basé en varios libros, entre ellos “El bucle melancólico” de Jon Juaristi. Los demás títulos no los recuerdo sin que por ello fueran inferiores en calidad. La cuestión es la siguiente, los nacionalismos en España son el resultado de la pluralización del término, ya que de siempre el que se trataba tanto en los medios, como en las conversaciones diarias era el nacionalismo vasco.

Nación, territorio, lengua, cultura y un corto etc, son los argumentos que utilizan algunos, los más avezados en el conocimiento de la estupidez humana, o quizá, tal vez la propia, son los que mejor se desenvuelven en estos parajes de historias, mentiras, tradiciones y por qué no decirlo: Trampas. Uno de sus fundadores se llamó Sabino Arana. Coincidencias de la vida o simplemente casualidades de la conveniencia literaria, sacan a colación la sinonimia del apellido de éste personaje con la mentira. No lo digo yo, si acaso hay que culpar a alguien, que sea a la RAE.

El nacionalismo desde un punto de vista corto, sin alardes de miope, lo separaría en dos facciones perfectamente definidas, aquella compuesta por los políticos interesados en la búsqueda del Grial patrio, y los cofrades de una religión impuesta a base de martilleo continúo, una gota que aplaca las iras de la roca descuidada. Los primeros tienen mi más absoluto desprecio, toda vez que sus argumentaciones solo traen discordia, enfrentamiento y en ocasiones, sufrimiento. Los segundos los divido entre los que padecen una ignorancia supina, y los que desde sus adentros conforman sus ideales más allá de una pregunta no contestada. Estos últimos sí cuentan con mis respetos. Se puede ser nacionalista sin ser despiadado y albergando sentimientos puros.

La realidad que nos toca vivir no es una ciencia exacta, de hecho hasta los mejores entendidos en esto de la condición humana se equivocan, como lo hacen los que nos predicen el tiempo. No digo ya, los que se atreven con la cartomancia. Precisamente por ese desconocimiento de las realidades de cada uno, no se debe jugar a ser Napoleón o Hitler. Más que nada por que el primero no daba la talla, y el segundo…, mejor correr un estúpido velo antes que tratar de describir a personaje tan funesto

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