El día que abramos los ojos
Que listo era aquel que descubrió el aserto, “divide y vencerás”. Llevamos unos cuantos años males de solemnidad, a la crisis económica se le han unido la institucional, la social y todos las dolencias que puedan aquejar a cualquier sociedad que se precie. Pero nos han encauzado tan bien, que no atisbamos más allá de nuestras narices la realidad que nos rodea.
La casta dirigente no es solo la que gobierna, la conforma todo ese elenco que se ha arrogado la herencia de la aristocracia más rancia, desde el concejal en la oposición de un pueblo de 100 vecinos, hasta el presidente del gobierno, pasando por todos y cada uno de esos cargos que siembran la geografía patria. Estos nuevos señores feudales, estos adoradores del becerro del euro, se han encaramado a la columna cual estilita pagano, y desde arriba nos escupen sus miserias.
Somos tan inocentes, que nos pasamos media vida echando los perros unos a otros, -como diría “Chespir”: Grita devastación y suelta los perros de la guerra-. La otra media mirándonos el ombligo a ver si nos salen unas siglas aladas de gaviotas, un puño aferrando una rosa o una hoz con la que segar el cuello ajeno. Ese es nuestro problema, que nos han adoctrinado también, que no advertimos su juego de rol en el que nos han metido con calzador. La prensa, la TV, la radio y todo artificio capaz de crear acólitos, se despliega con la panoplia propia de un ejército de charlatanes capaces de hacernos creer que la culpa de nuestros males es solo nuestra, que ellos están para salvarnos, para redimirnos de nuestros abusos de una realidad sobrevalorada.
El día que la sociedad se despierte de su sueño de pobreza y descubra que las cadenas no son más que hilos tranzados con nuestra propia ignorancia, ese día la casta tendrá que soltar lastre y ceder o reventar.
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