El caos de las hipotecas
Las sociedades se caracterizan por estar instrumentalizadas, ordenadas de arriba abajo y de derecha a izquierda. Solo pueden funcionar si sus engranajes institucionales cumplen con su cometido, que no es otro que garantizar el funcionamiento correcto.
Pongamos el ejemplo de la sociedad española, se organiza como un Estado, donde una serie de instrumentos denominados instituciones están encargados de velar por el bienestar general. A la cabeza no está el rey, en este caso se trata de un simbolismo carente de eficacia alguna, y cuya misión no vas más allá de unificar los territorios en un sentido romántico, espiritual. Ese puesto lo ocupa el gobierno, el encargado de dirigir la política nacional, y responsable de que aquellos organismos bajo su control, cumplan las directrices marcadas. El gobierno debe estar sujeto al Parlamento, que no lo está ya que se confunden en la mezcolanza adscrita a lo que conocemos como partidos políticos.
En España ha fallado todo el engranaje, se ha roto la cadena orgánica y el resultado es obvio, un desastre sin parangón en nuestra historia reciente. Fallaron las previsiones económicas, han fallado la honestidad, la responsabilidad y la buena praxis. Se negó la crisis, que era su crisis no la nuestra, se tardó en reaccionar y se permitieron ciertas prácticas que no auguraban nada bueno en un horizonte plagado de incertidumbres.
La llamada burbuja inmobiliaria no fue más que una pompa de jabón en la mano de un loco. Se permitió con la inconsciencia que resulta de la conciencia de saber que lo que se hace, se hace con conocimiento de su error ¿Cómo se podían pagar esos jornales desmesurados a personas sin formación, sin cualificación suficiente? Ese macabro juego de inflar los precios, de sobrevalorar en exceso unos activos, no fue más que la punta del iceberg de la que se nos venía encima ¿Dónde estaba el Banco de España con su gobernador a la cabeza? ¿Hacia dónde miraba la CNMV? Las instituciones una vez más, volvieron a fallar.
Hace cinco años un bien inmueble era tasado por un banco en 15, cuando en realidad su valor podía oscilar entre 8 y 10. Cinco años después, ese mismo banco tasa ese mismo inmueble en 8, con lo que está descontando 7 del valor pretendido cuando concedió el crédito para sufragar su compra. Esto no es más que usura, donde se presta a un interés muy superior al legal. La banca nunca pierde, parece ser el eslogan de cualquier juego de apuestas, en este caso acertada de pleno dado la connotación implícita que conlleva el hecho de que banca y gobierno van de la mano. La banca podía haber perdido una ingente cantidad de activos si se hubiera tenido que tragar su ambición desbordada, lo que ineludiblemente hubiera llevado a la quiebra a más de uno por su nefasta gestión ¿Qué hizo el gobierno? Apuntalar a sus bancos a costa de los ahorros de la ciudadanía. El incauto que se hipotecó por encima de sus posibilidades confundidas por un presente manipulado, aquel que aferrado a una realidad constatada a lo largo de varios años compró pensando que su estabilidad laboral sería paralela a la de poder afrontar los pagos; y por último, los que llevados por el instinto paterno avalaron al vástago errado en sus cálculos. Todos cayeron en la trampa urdida a instancias, o al menos a espaldas de aquellos que tenían, que tiene la obligación moral e institucional de velar por el bienestar general.
/image%2F0222611%2F20220227%2Fob_d4939f_img-20161226-wa0026.jpg)