A veces el peor enemigo puede resultar uno mismo. No es que esta sea una
A veces el peor enemigo puede resultar uno mismo. No es que esta sea una máxima, pero desde luego le viene que ni pintada al jefe del Estado, el rey Juan Carlos.
Los republicanos se deben andar frotando las manos, mientras que Felipe, el príncipe, se debe frotar las nalgas, que para disgustos no le llega con el sueldo que percibe del Ejército, y es que su padre, no para de cometer errores que consignar en su ajada agenda.
Lo dije que con la actuación de la policía en Valencia, lo digo ahora con el cazador cazado, y lo diré siempre, la imagen es lo que realmente vende, es lo que llega al público y es lo que éste, adquiere; y no siempre a precios de ganga. Un sindicalista se va de crucero, un juez se va de cacería con el ministro de justicia, un rey se rompe la cadera en una cacería en Bostwana, y cinco millones de españoles se rompen los cuernos, pensando como se sale de ésta.
Siempre hemos sido un país de pandereta, nos ha ido la marcha como al primero. Pero eso de que Dios proveerá, es algo que ya ha quedado relegado a los pensamientos más devotos de los postulantes al Juicio final. La realidad va por otros derroteros, y ésta, se empecina en que, o nos ponemos las pilas en los riñones, o mal nos va a pintar en este cuadro al óleo que nos ha dejado la izquierda saliente.
El jefe del Estado podía haberse caído en la pampa mientras correteaba a la Cristina Fernández de Kichsner de morros perfilados, podía haber tropezado con Sarkozy en el intento de cerrarle la boca a tiempo, o incluso se podía haber partido la cadera mientras fintaba a los mercados internacionales. No ha sido así, al nieto se le dispara la prima de riesgo en el pie, el yerno se disfraza de trilero, y él, se dedica a mostrar con mayor asiduidad, que ya ha cumplido su periplo, que el relevo debe llegar pronto, o tal vez no se produzca dentro de la institución monárquica.
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