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El parto se retrasó en exceso, cuando nació Federico “el esnortao”,

por el príncipe de las mareas

El parto se retrasó en exceso, cuando nació Federico “el esnortao”, ya tenía cuatro años cumplidos, y eso que la comadrona siempre tuvo claro que lo de su madre era un embarazo psicológico. Asunción que así se llamaba la madre, lo concibió dos años después de haber sido declarada menopáusica, aunque ella siempre defendió que le venía la regla cada seis semanas. El padre, don Ginés, era un militar de alta graduación, tanta como los lingotazos que se pegaba en la taberna del “peque”, que era conocida en toda la comarca por sus vinos blancos amontillados. Don Ginés luchó en Filipinas, y siempre mantuvo que las colonias se perdieron por que el gobierno se había gastado los salarios de los soldados en putas. Sea como fuere, las islas se perdieron pasando a manos americanas en aquel nefasto año de 1898, coincidiendo con la muerte prematura de su abuelo Cornelio, que apenas si había alcanzado los 96 años en vida.
Cuando cumplió siete años, el “esnortao” ya sabía balbucear mamá y Toño, que era el nombre de un hermano mayor retrasado, que siempre andaba con las vacas en una finca familiar, cerca de la localidad de Olivenza. Disputada por los portugueses, no sería la primera res que el Toño perdiera a manos lusas. Don Ginés había realizado varias incursiones nocturnas en tierras portuguesas, al principio venían determinadas por la pérdida del ganado, pero con el tiempo y la costumbre estas correrías se fueron incrementando; rara era la semana que no cruzaba la muga a cuenta del café. Don Ginés no padecía de insomnio, ni el café le trastocaba el sueño, lo que ocurría, era que esa infusión portuguesa se vendía bien a este lado de la divisoria. El estraperlo estaba difundido por aquellos entonces, y no era raro ver una mula terca, o un caballo roano de mediana estatura cruzando el puente de Ayuda camino de las tierras patrias, ávidas por degustar el aroma que el café portugués dejaba en sus manos.
Cuando las vacas de Toño dejaron de dar leche, el padre permutó el hábito del café por unas gotas de coñac. No, no se volvió alcohólico, ya que lo era desde que le nació una hija con unas taras difíciles de soportar incluso para un hombre de su posición. La pequeña nació normal, dentro del plazo establecido para un parto de burra. Vamos, que nació a los diez meses y catorce días cumplidos por el calendario que colgaba de un clavo en la pared medianera de la alcoba. Tenía el cabello negro, y digo el cabello por que solo tenía un pelo apelmazado en la frente, justo encima del lugar que deberían ocupar las cejas. La pequeña bizqueaba de un ojo, y es que el otro lo tenía tan cerrado que apenas si se le distinguía el párpado. Su madre tardó tres meses en recobrar el conocimiento, de hecho la comadrona pensó que había caído en un coma profundo, de esos que parecen un punto y final. Cuando despertó preguntó por la niña, pero nadie se atrevió a decirle la verdad. Seis años después volvió a quedarse en cinta, pero esta vez el embarazo apenas si duró tres meses. Perdió a la criatura que llevaba en sus entrañas a causa de un susto que le dieron el día que llegaron los de la matanza.

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