Estado fallido
Cuando éramos una nación, el gobierno de turno se dedicaba a gestionar —con más o menos acierto—, la cosa pública. Se cometieron errores, alguna bellaquería, muchos asesinatos a manos de terroristas, pero éramos un pueblo con aspiraciones. En 2004, se produjo una anomalía de tal calibre, que a todos nos cambiaría la vida. Algunos lo consideran un golpe de Estado, otros un terrible accidente; hay quien ve una intromisión extranjera, una extorsión a nuestros intereses patrios. Sea como fuere, el resultado sería nefasto, ya que alcanzaría la presidencia del gobierno, un desventurado aun no juzgado. Y este fue el principio del fin, el comienzo de la debacle institucional, el inicio de nuestra más absoluta decadencia. Estamos en peligro cierto de convertirnos en Estado fallido, de dejar de ser una nación soberana. Las señales son claras: Descomposición de la unidad territorial, devastación económica, caos institucional, desaparición del concierto internacional y ausencia absoluta de valores, de ilusiones, de esperanzas para una población condenada al ostracismo si nadie lo remedia a corto plazo. Aquí no se trata de ideologías, ni mantras relativos a una manera de concebir la realidad que nos rodea. Estamos abocados a desaparecer como pueblo, como entidad jurídica de derechos. Cuesta entenderlo, pero es una realidad tozuda que nos mata el futuro, que está acabando con nuestro presente y que no quiere recordar nuestro pasado; un pasado con luces y sombras, sí, pero ese es nuestro legado y mucho me temo, que lo estamos dilapidando a machas forzadas.
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