Lo asesinaron.
Salía de un pleno del Ayuntamiento, otro más de los muchos en los que nada se debatía más allá de una insaciable y cansina idea: la independencia de la región. La sesión se había cerrado como siempre, con la misma intransigencia de la que solían hacer alarde los autodenominados gudaris, los luchadores incansables de la patria. El concejal, es un hombre de escasa estatura, mirada franca e ideas alejadas de aquellos, cuya única misión en la vida consiste en la exterminación de los opresores. El mediodía había quedado atrás, las horas se habían marchado en homenajear al enésimo terrorista, al vecino de la localidad que había conseguido hurtar su peso a la balanza de aquella ciega que no sabía impartir justicia. Su rostro juvenil denota cansancio, apatía temporal ante la ardua misión que él mismo se había encomendado dos años atrás. Camina despacio, sin apenas levantar el polvo de una calle desierta. El vehículo, un Seat Toledo de color gris robado derrapa a su altura, dos individuos descienden con las premuras propias de un secuestro. No ha lugar a explicaciones más allá de las que puedan dar las armas que asoman amenazantes.
—¡Sube al coche, rápido! —le conmina un encapuchado que lo introduce a la fuerza en el asiento trasero, donde le espera otro individuo con pasamontañas negro.
Arranca el turismo a velocidad desmedida para las condiciones de la vía, dirigiéndose a la salida del pueblo por la carretera de Éibar. Apenas si han recorrido veinticinco kilómetros, el vehículo abandona la vía y toma un camino forestal; el automóvil rebota entre los restos de una poda reciente en este bosque de pináceas. Los cuatro ocupantes no hablan, no se dirigen la palabra ni para advertir al conductor de las irregularidades del terreno, ni para consultarse sobre la distancia que queda por recorrer. Miguel Angel viaja ciego, una capucha rústica confeccionada de manera artesanal le cubre la cabeza hasta los hombros. Su respiración entrecortada denota la aprensión de sus circunstancias, el temor de saberse víctima de un secuestro. De familia modesta, pronto descarta el móvil económico, por lo que no duda de los tintes políticos que pueda albergar esta acción contra su persona. El vehículo se detiene media hora más tarde, chirrían los frenos en terreno arenoso, descienden tres de los ocupantes. A él, al rehén, lo dejan solo en el asiento trasero. Oye voces, pero apenas si puede escuchar la conversación confusa y acelerada que mantienen al menos dos de los tres secuestradores.
Madrid, capital del reino. Avenida Guzmán el Bueno, Dirección General de la Guardia Civil. El civil de piel morena y rostro enjuto que ostenta el mando del benemérito Cuerpo se encuentra al teléfono, mantiene una conversación fluida, no exenta de cierto dramatismo con el ministro del Interior. Cuelga y comienza el rosario de órdenes, llamamientos, entrevistas y consultas sobre el mapa que alguien ha desplegado sobre la mesa de su despacho. Las llamadas se suceden desde la secretaría de interior, de la comandancia de Guipúzcoa, de la prensa ávida por saber. Han oído un comunicado de la banda terrorista ETA exigiendo negociaciones con el gobierno de la nación para el acercamiento de presos a las cárceles de Euskal herría, como denominan estos a la comunidad autónoma vasca.
—Todo esto viene dado por la operación de rescate del funcionario de prisiones —comenta el director con un general de división allí presente—. Una vendetta burda de estos hijos de la gran puta, que se han debido sentir afrentados.
—Me temo que lo que piden no se les va a conceder —interviene el general— ese concejal tiene las horas contadas.
Comandancia de San Sebastián, Intxaurrondo, Guipúzcoa. El coronel al mando se haya reunido con su plana mayor. La tensión se palpa en el ambiente. El uniformado de mirada acerada y amargo rictus contempla embelesado el mapa desplegado sobre una mesa cualquiera. Luces, emisoras que no cesan de parlotear en lenguaje cifrado; frenético movimiento de personas, vehículos que arrancan, que aceleran por la explanada, que llegan hasta la barrera donde son identificados por la guardia pretoriana del señor de aquella fortaleza que cuenta con vehículos terrestres y aéreos, con armamento de guerra, y personal cercano al millar.
—Mi coronel, el GAR ya se ha desplegado —informa un capitán de cabellos canos— las unidades limítrofes ya han sido alertadas y el grupo de información ha dispuesto un plan de rastreo.
—Estos perros no quieren jugar, quieren sangre; ¡y la van a tener! —contesta el coronel apretando el puño sobre el mapa— ¿Qué sabemos de la muga? ¿Estan controlados los pasos?
—El dispositivo de cierre ya ha sido activado. No pueden cruzar sin ser avistados.
—¿La gendarmería francesa está avisada? —vuelve a preguntar— ¿Se sabe algo de Julen?
—Sí, mi coronel, el gobernador civil está al tanto y tiene línea directa con usted.
El oficial al mando mira por la ventana de la tercera planta del edificio de ladrillos vistos, una ventana blindada a prueba de balas, no así de un proyectil de bazuca que alguno quiera disparar desde el monte próximo. No sería el primero que los terroristas del «comando Donosti» lancen en su desesperación por matar
Se ha levantado una leve brisa, el viento arrebola la tierra, una tierra premonitoria de los sucesos que deberán acontecer cuando la sangre del concejal riegue ese polvo cobrizo. El transmisor de onda corta carraspea con un sonido propio de alguien afectado de un padecimiento pulmonar. El móvil de uno de los secuestradores zumba sin que lo atienda el que se dedica a amordazar a Miguel Angel; ahora, atareado en atarle las manos a la espalda con un bramante ligero, pero resistente. El concejal es obligado a ponerse de rodillas con una orden que no deja lugar a dudas de su obligada obediencia.
—Sabemos que los de Madrid no van a ceder —se queja uno de los encapuchados— esos del gobierno no aceptarán el chantaje.
—Lo sé, pero son las órdenes que hemos recibido y las cumpliremos txintik atera.
Cae la tarde despacio, una tarde preñada de infortunio. Una radio clama por la liberación del concejal allá por la castilla manchega, le replica otra desde la comunidad valenciana; se apuntan al coro desde Andalucía, Galicia o la Rioja. Un retén apura las últimas candelas de un incendio forestal en Málaga, la radio presta bajo el tronco de una encina gruñe junto a la pala allí dejada. La pareja de servicio de la Guardia Civil asoma con su todoterreno, descienden los dos componentes y preguntan a los del retén:
—¿Se sabe algo?
—Nada nuevo, el ministro ha pedido la liberación del concejal. Me da que de esta no sale el pobre hombre —contesta el bombero con la cara tiznada.
En una población cercana a Lorca, en la provincia de Murcia, un grupo de personas se ha concentrado frente al ayuntamiento, sus manos pintadas de blanco piden la liberación del joven político, cuyo rostro comienza a circular por toda la geografía española. Tan curiosa reivindicación pronto salta las fronteras de Lorca y se extiende por La Coruña, Jerez de la Frontera o la ciudad de Cuenca. Llega a Toledo, pasa por Badajoz y remonta hasta Orense; allí se cruza con la marea de manos blancas que llega desde León, Burgos, o Sevilla, confluyendo todas en Madrid, en Pozuelo de Alarcón, sede de la televisión pública.
—Lo mejor es acabar cuanto antes —argumenta uno de los encapuchados.
—Acataremos las órdenes —contesta otro arrancándose el pasamontaña— no habrá ejecución hasta que lo ordenen.
Miguel Angel retuerce sus manos atadas, siente la necesidad de vaciar su vejiga dilatada. Comienza a tener noción de la empresa en la que le han embarcado, sabe, o al menos sospecha, que de esta no sale con vida. ETA no se anda con chiquitas, cuando señala un objetivo lo lleva a cabo sin dilación, sin ponderar las consecuencias que puedan depararse de sus actos criminales. Los ha oído conversar, le llegan los sonidos rudos de unas voces cargadas de rencor, de un odio abstracto en sus orígenes, pero concentrado en sus planteamientos. Él, concejal del partido popular, encarna al enemigo de Euskadi, al gobierno intransigente que no acepta la realidad de la patria vasca. Al invasor que debe ser combatido con las armas disponibles hasta que abandone esta tierra que no es la suya. Sonríe con mueca de desprecio «¿No es la nuestra? Yo he nacido aquí, mi familia es de aquí ¿Quién les ha otorgado a estos iluminados la potestad para nacionalizarla? ¿Desde cuándo son ellos los dueños de esta tierra, de esta parte de España que siempre ha luchado y ha vivido bajo los auspicios de la Corona de Castilla? ¡Malditos fundamentalistas del demonio! Me van a ejecutar porque a saberse a quien, se la ha metido entre ceja y ceja que yo debo morir para seguir manteniendo viva la esperanza de una emancipación, que no va más allá de una idealización del iluminado aquel, ¿cómo se llamaba? ¿Arzallus? ¡No, joder, el otro el de Bilbao! Arana, Sabino Arana». Acaba aceptando sus propios pensamientos.
—¡Vas a morir txakurra! Le importas un arraio a tu jefe. —Escupe con desdén el etarra que se acaba de quitar la capucha.
El ministro del interior acaba de hacer unas declaraciones en la televisión. Solicita sin demoras la liberación del concejal. «ETA sabe que el gobierno de la nación no negocia, no hincará la rodilla ante los terroristas. La organización no puede esperar componendas por parte del ejecutivo, el gobierno no acepta chantajes de ningún grupo terrorista». Las radios se hacen eco de estas palabras, rugen en todas y cada uno de los diales, en las ondas hertzianas repartidas por toda la geografía nacional. El obispo de Toledo ha ofrecido una homilía, varias parroquias de Lugo, Santander o Granada ruegan al Señor por la pronta liberación del joven concejal, la gente se arremolina en las iglesias, se manifiesta en las plazas, mostrando las palmas albas de sus manos pintadas de blanco, como el apellido del concejal al que ETA pretende asesinar. Muchos se preguntan si no merece la vida de este hombre la petición de los terroristas. ¿Acaso no vale nada la vida de uno de los suyos? Otras voces niegan este adagio, no aceptarán que el gobierno ceda ante el chantaje de la banda terrorista.
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