Los pequeños imbéciles de la algarada.
Los nazis tuvieron la santa jeta de alentar las algaradas, de incendiar las calles y luego recoger los frutos del descontento general. Hoy, en España, el fenómeno es el mismo. La ultraizquierda afronta su guerrilla urbana con la misma idea: cosechar el descontento de la gente de bien. En uno y otro caso hay una clara diferencia, los nazis supieron colocar el foco en la facción contraria, y aquí, estos aficionados a la guerra de la Independencia no son émulos —por mucho que lo pretendan— del barquero de Cantillana o cualquiera de esos bandoleros que traían en jaque a las tropas francesas. Ni se manifiestan por el rapero de verbo soez y mal rimado, ni lo hacían por la arcadia catalana, ni lo harán por que te cobren diez céntimos por la bolsa del Mercadona. Lo hacen porque son estúpidos, por que creen que sus actos vandálicos —que, por cierto, los vándalos acabaron en Africa expulsados por brutos— conseguirán desestabilizar el sistema democrático que impera en España desde 1978. Estos ácratas de cartón piedra (podía añadir vidrio por su quema de contenedores) no son más que un puñado de imbéciles con ínfulas, una panda de descerebrados que no tendrían ni un cuarto de hora de gloria, si el gobierno de la nación tuviera lo que hay que tener.
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