¿Somos masa?
No se inventó la policía para protegernos de los malhechores, no se fundaron los bancos para poner a buen recaudo nuestro patrimonio, no se crearon las leyes para darnos una cobertura que legitimara nuestros actos. Los seres humanos hemos nacido, hemos crecido y envejecido bajo el oprobio de una mentira piadosa, una arana envuelta en cintas de colores que deslumbraban los sentidos.
Poco a poco dejamos de ser unos individuos dispersos para conformar tribus, grupos que funcionaban por la cohesión de sus miembros. Unos sabían cazar, otros preparaban las armas y otros pergeñaban la estrategia de supervivencia. Esas tribus al crecer se tornaron multidisciplinares, ambiguas y distantes dentro de su propia conformación colectiva. Surgió la rivalidad entre las diferentes personalidades expuestas a algo más que la simple supervivencia, se desarrolló el intelecto y con él se desataron los males de la humanidad.
A cada paso que da la ciencia, más avanza la codicia, más se impone el deseo de imponerse al prójimo. Se inventa una rueda para facilitar el transporte y se descubre la velocidad. La velocidad acorta las distancias pero también acerca los males ajenos; los males ajenos cerca, ya formando parte de nuestro entorno mutan en propios, los hacemos nuestros y revertimos su daño. Se inventa la medicina y se aprende como usarla para aniquilar al contrario; se inventa el Estado del bienestar y se aprende con mayor fluidez aun como atraer al contrario a esa necesidad que le hará dependiente de nuestros deseos.
Las revoluciones no han surgido para liberarnos de la tiranía, para auxiliarnos en el trabajo o para abrirnos nuevas metas. Las revoluciones surgen a causa de los intereses de aquellos que no gozan de todas las ventajas, pero anhelan alcanzarlas. Cierto que a veces surgen consecuencias colaterales difíciles de combatir, como el hecho de que las máquinas faciliten el trabajo del obrero, aunque el fin no sea otro que el enriquecimiento del que las posee. Los que dominan el mundo necesitan de la gente para que les mantenga en esa posición privilegiada, que absurdo resultaría ser el rey y no tener súbditos, o árbitro sin partes en disputa.
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