Memoria histriónica
Le llamaron memoria histórica, pero en realidad solo se trataba de jugar con los muertos. Un muerto no es un objeto con el que se realizan transacciones de cualquier tipo, un muerto es lo que queda de una persona que antes estuvo viva. Jugar a los muertos, se ha convertido en una especie de diversión entre aquellos que buscan el enfrentamiento con los vivos. Una de las normas que rigen este juego consiste en ponerles su nombre a una calle, a un polideportivo, o tal vez proponer a la corporación municipal de turno, que un lugar ‒a ser posible relacionado con la actividad del muerto‒ se denomine como aquel. Como esto de nombrar a las calles es algo que va por modas, pues hemos pasado de las calles dedicadas a los militares españoles por el franquismo a las que portan un rótulo con el nombre de alguna folclórica, o adoctrinada por el régimen paraguayo, iraní o japonés. La avenida General Merry de Sevilla, pasó a denominarse de Pilar Bardem, como si permutando al militar por la farandulera hubiéramos alcanzado la paz espiritual. Hoy las modas vuelven a cambiar, ahora se prefiere homenajear a un terrorista, o a una víctima de aquel, solo por meter cizaña entre las filas de los acólitos de uno u otro bando. Por poner un ejemplo, me preocupa poco que una calle lleve el nombre de Miguel Angel Blanco. Este pobre hombre solo estaba en el lugar equivocado a la hora equivocada. Si viviera, este joven concejal no se sentiría mejor porque algunos políticos le dediquen una calle, de hecho, esos políticos son los mismos que en su día beneficiaron a sus asesinos con rebajas carcelarias y acercamientos humanitarios. Si yo fuera Miguel Ángel Blanco, o Ignacio Echevarría, les diría que jueguen con sus muertos, y que me dejaran en paz, que ya estará mi familia y mis allegados para recordarme y honrar mi memoria.
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