Muerte por Derecho V
Parapetado tras las palabras obscenas garrapateadas en la puerta del aseo masculino, un cuerpo desmadejado parece lamer el último llamamiento a la insurrección civil, la frase inconclusa reza: «Basta ya de mandar, desobediencia», y un signo al parecer matemático: 4’7 repujado en el pecho hirsuto del que esta vez había malgastado su última convocatoria, mientras su sangre se mezclaba con la orina en un alarde de enfermedad renal. El viejo profesor está convencido que debe haber una relación más allá de la coincidencia entre sus calificaciones, y estos símbolos que albergan los dos cadáveres. No acierta a comprender si ha sido obra propia, en un estado hipnótico producido por los efluvios desprendidos del libro que lee y que le obsesiona en demasía, o tal vez, su mano homicida ha perfilado ese número sin conciencia matemática. El cuerpo del joven degollado presentaba el color cetrino de los que han perdido excesiva sangre que, por otro lado, se desparramaba sobre el suelo de baldosas fregadas no haría ni dos horas. No sería esta vez la señora de la limpieza la que lo encontrara, la casualidad había llevado a uno de quinto, uno procedente de una convocatoria especial para mayores de 45 años, —que la había superado a los cincuenta y dos— a tropezar con el cadáver. Las urgencias de una vejiga presionada por una próstata en exceso voluminosa le habían llevado a la carrera hasta los servicios —aseos les llamaba la señora Pilar, la matrona que se encargaba de surtir de lejía estos mismos baños—. Unas gotas amarillas diseñadas con poca pericia sobre las baldosas del excusado —puesto que el pudor le había debido llevar a los aseos con puerta— delataban que no se había dado la presteza que la situación demandaba. Al ver el cuerpo inerte allí derruido, casi se moja los pantalones en un alarde de escapada a través de la puerta cerrada y pintarrajeada con todo tipo de mensajes obscenos. Repuesto del susto, se queda mirando el tajo que cercena parte del cuello del caído. «Un corte limpio» deduce en su experiencia como pescadero en la plaza de abastos de la ciudad. Hasta se atreverá a palpar la zona con cierto morbo acumulado en sus años destripando ventrescas de atún amarillo, que el rojo debe estar por las nubes.
Una semana después, el péndulo humano giraba sobre sí mismo, ¿Qué hacía allí? Poco les importó a los que rozaban sus cabellos al pasar debajo. ¿Entonces? La pregunta quedó sin respuesta, el calendario no daba tregua, y los exámenes de junio se perfilaban como lo hacía la alumna de tercero, cada vez que tenía a mano una barra de carmín. Estaba sola, no había comenzado su primera clase cuando percibió el sonido metálico que pugnaba por la tubería de la cisterna, y no le prestó atención, así que continúo con su cometido, que a la vista de su imagen y de su maña, no resultaría fácil de acabar el esbozo de ósculo que pretendía representar sobre sus labios gordezuelos. El sonido metálico se transmutó en un chirriar agónico, una llamada queda de garganta desgarrada, como si la silabeante tubería hubiera cobrado vida propia. La demudada diletante se vuelve hacia el retrete y sus labios recién pintados forman la misma «o» gigantesca que sus ojos; la tubería serpentea como si hubiera cobrado vida y quisiera ofrecerle la manzana de la discordia en un nirvana de porcelana blanca. Atrapada sin remisión trata de pedir el auxilio que no llegará más que de aquel que le rebanará el pescuezo con una navaja barbera adquirida en una tienda del centro. «Ya casi nadie las usa, —le contaba el expectante vendedor al sonriente adquiriente— son casi una reliquia.
La señora de la limpieza, otra, una que no había sido suspendida de sus labores, la encontró. No gritó, no aulló, buscó sin encontrar papel para limpiar la sangre —el suministro de estos enseres de limpieza corría a cargo de una empresa, de las muchas que regentaba el caudillo blanco, un empresario conocido en el mundo del futbol— y no le sorprendió la marca que presentaba la víctima en el cuello: un 4’8 dibujado con un objeto punzante, tal vez una navaja barbera comprada en el centro. No cundió el pánico, a fin de cuentas, todavía no se habían expuesto las notas en el tablón que anunciaba las desavenencias lectivas entre los que se dejaban las pestañas pegadas al libro, y los que no conformes con esta afición, no acaban de valorar tales esfuerzos en su justa medida. Sí surgió en cambio una convulsa idea en la mente del catedrático, no en vano era hombre instruido en la ciencia criminal. Estaba sentado frente al pterodáctilo que decoraba la ventana. La mirada vidriosa del que imitaba a los ejemplares que debieron aterrorizar a las criaturas del Cretácico, le devolvió la que había visto del colgante pasivo. No quería adelantar acontecimientos, no era dado a la contemplación de los hechos a través de una esfera de cristal, su ciencia se basaba en el empirismo y el estudio. Consultó varios textos que versaban sobre el culto a los demonios, indagó sobre la criptografía de los signos demoníacos usados en ocasiones por los sicarios, y no halló nada que le acercara al meollo de un secreto que gritaba con dígitos silenciosos, que la verdad estaba más próxima de lo que realmente suponía. Anochecía cuando el cristal de la cúpula crujió con estruendo; abandonando su cubículo enmoquetado con los libros no devueltos, se persona en la sala principal del claustro y comprueba con agónica certeza, que llevaba razón en sus planteamientos. El cuerpo caído no era de un alumno del centro, sino que se trataba del vigilante nocturno. Descendió con ansiedad los peldaños que le separaban del ensangrentado amasijo de forma incongruente, y vio la sonrisa atravesada por la lengua ennegrecida que colgaba lacerada por la comisura de los labios. El cadáver presentaba además de un lamentable aspecto, una mano engarfiada a la que le faltaba un dedo. El pulgar de la mano derecha le había sido amputado, por lo que el signo era evidente: un cuatro. En ese momento comprendió que faltaba algo, que no era ese el mensaje que el muerto quería mostrarle. Evocó sus estudios en pos del descubrimiento de los resortes mentales que llevaron al asesino a cultivar la muerte asexuada, sin consideraciones de edad, pero guardando el mismo patrón: todos los asesinados eran alumnos, y todos ellos presentaban un signo matemático. Corrió raudo en pos de la lámpara de aceite disecada que pendía del siniestro símbolo colgante, y escrutó los restos andrajosos de lo que una vez fue un alumno que suspendía en todas y cada una de las convocatorias a las que se presentaba. Efectivamente, en el dedo índice de su mano derecha, a modo de sortija un cuatro resplandecía como los suelos recién pulidos. El cinco acompañante lo mostraba en el dedo anular, funcionando el corazón a modo de coma integradora de ambas cifras. No había duda alguna, el nueve era el número que faltaba, el nueve sería el acompañante de ese cuatro amputado que presentaba el vigilante. La luz iluminó sus sentidos, la serie correlativa y decimal había constituido un alegato final, una memoria de lo que supuso para el vigilante, estudiante frustrado de la UNED, la consumación de su fracaso. ¿Acaso hay mayor terror para un alumno, que el suspenso que le priva de ilusiones venideras?
El nuevo trimestre no traería más muertes que las de las ilusiones de los que esperaban una recuperación en el mes de junio, antes de los exámenes finales a los que todos estaban convocados. Cierto que la policía, alertada por los asesinatos registrados en primavera, se había personado en la facultad en demanda de información que les aclarara, o al menos les allanara el camino en su investigación. Resultaría del todo inútil esta gestión, toda vez que el alumnado nada podía aportar sobre algo que desconocía. —¿No se imparte un seminario sobre crinminología? —aventura el inspector García, un policía que terminaría encerrado en un sanatorio de la provincia de zaragoza—. Tengo entendido que esta facultad ofertaba estos estudios.
La respuesta del decano sería contundente: «Esa disciplina dejó de impartirse hace siete años, los mismos transcurridos desde la muerte del profesor que la enseñaba los jueves en horario de mañana. No habría lugar a más pesquisas, el caso quedaría cerrado a falta de pruebas que lo hicieran viable. No todo estaba perdido, el viejo profesor de penal no había dicho su última palabra. Con su acostumbrada perseverancia, volvería a suspender a más del ochenta por ciento de sus alumnos, cosa que le granjearía la enemistad de todos aquellos que veían en su persona un impedimento a sus aspiraciones de licenciarse antes de cumplir los treinta años de edad. Alguna reunión clandestina tendría lugar en los aparcamientos del centro docente. Al menos se contabilizaron siete alumnos dispuestos a todo, aunque esta resolución los llevara a cometer un acto tan deplorable como atentar contra la vida del que había derrotado a su representante en justa lid. No llegaron los rumores a sus oídos, aunque muchos lo achacarían a la sordera incipiente que le atenazaba desde aquel resfriado mal curado. El verano asomaba a través de la vidriera secularmente dejada en espera de unos presupuestos que nunca alcanzaban para su reparación. Los rayos de sol, como en el invierno lo hacían la lluvia y el viento, se filtraban a través de los paneles de vidrio maltratado y, venían a incidir sobre el adefesio, aquel que en su día estuviera compuesto de una arenisca vertebrada y compacta, y ahora se veía como una amalgama grasienta y reseca. Unos goterones de sebo caen sobre el suelo encerado por la señora Pilar, que ha sido ascendida a encargada de las que, con ella, suman cinco mujeres uniformadas y armadas con mopas y fregonas. Nuestro viejo profesor parece haber salido ileso de las amenazas que se han proferido contra su persona; bravatas sin enjundia a la vista de la poca, o nula eficacia que han podido albergar más allá de unas intenciones poco claras. Pasea distraído por la antesala que le llevaría al aula magna, caso de ser este su destino. Una puerta acristalada le cierra el paso. Sujeta la manilla y abre sin levantar los ojos del libro que lleva en sus manos. Alguien parece que le requiere, debe tratarse de un alumno de primero, dada su prudencia rayana en una timidez propia de adolescentes imberbes. No se vuelve, no ha llegado a oír —si por un casual el alumno ha pronunciado palabra alguna— el llamado. La puerta se cierra tras de él con un crujido premonitorio de osamenta descarriada. El libro que le embelesa es de proporciones propias de un cíclope, tal es su tamaño. Una nueva puerta de dimensiones mucho más pequeñas se perfila ante el profesor, este saca una llave menuda del bolsillo de su chaqueta y la introduce en la cerradura. Accede a un pequeño patio cuyo suelo está empedrado con guijarros irregulares que crujen lastimeros bajo sus zapatos antiguos, duros como la piel de un perro. Un árbol de dimensiones medianas, —quizá se trate de un arce japonés por sus flores de color rosado— se interpone delante de otra puerta que da acceso al aula citada anteriormente. Esta entrada está vetada a los alumnos, y solo la utilizan algunos profesores. Sin soltar el libro abre la puerta sin percatarse de que de las ramas del árbol cuelga una mochila como la que usan sus alumnos para cobijar los libros y demás enseres necesarios para las clases. La mochila estaba pringosa por su parte inferior, una gran mancha color parduzco de la que gotea un líquido viscoso se extiende por su base. Entra en el aula magna y deja el libro sobre la gran mesa que preside el recinto. Se apoya en ella y eleva su mirada hacia el graderío, unas filas de sillas replegables que han sido tapizadas en cuero barato. La luz es escasa, apenas si se adentra unos metros más allá de la puerta de cristal que la separa del patio empedrado. Previsor, o discreto, según se vea, ya que ha prescindido de encender los focos que coronan el artesonado del techo, prende una linterna de petaca, conforme a personas de gustos antiguos y alejadas de modernidades propias de estos tiempos. Su mano va describiendo un arco sobre las gradas vacías, la luz de la linterna apenas si alcanza la tercera fila, pero a él no parece importarle esta eventualidad, puesto que ya debe tener asumido que no precisa de más alcance. El haz de luz se detiene sobre un objeto con apariencia humana, una cara macilenta le devuelve la mirada vacía de unas cuencas que no albergan nada más que unas hebras de cabellos pegados sobre un cráneo impoluto. Tras unos segundos, la luz desciende sobre las ropas de quien en vida debió ser una persona fornida; hoy apenas un amasijo de huesos desprendidos de toda carne posible. Sonríe para sus adentros, sus labios esbozan una mueca de confirmación de algo que ya esperaba, como si la presencia del esqueleto mal vestido formara parte del decorado tantas veces recreado en sus ponencias. Como entró se marcha, sin reparar en la mochila que sangra comedida. El alumno aventajado trataría de descubrir un error en este escenario recreado, vería con claridad meridiana una falta de concordancia entre una sangre nueva, reciente, y un cuerpo momificado, arcano. «¿Quién le ha dicho usted que tiene que coincidir en la misma víctima, sangre y huesos»? Le refutaría el argumento, o al menos el pensamiento al que dándoselas de sabio, pretendiera dejar en evidencia al que realmente lo es. Este sabe que el muerto del aula magna es un muerto añejo, un muerto fallecido al menos unos años atrás. ¿Seguro? —volvería a preguntar si acaso estuviera conferenciando sobre la ciencia que el inspector de policía había echado en falta, cuando procedía a practicar las diligencias que sus superiores le debían haber encomendado. ¡No!, será su respuesta a un auditorio vacío, puesto que nadie ha formulado pregunta alguna, y a nadie va dirigida esta respuesta. No lleva muerto más de tres semanas, o tal vez, lleve cien años.
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