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Muerte por Derecho IV

por el príncipe de las mareas

Los crímenes cruzaban la mente del erudito como lo hacen los ñus en el rio Mara en hora punta, los había de todas las clases, desde los perpetrados por indolentes sicarios, hasta los de la baraja, pasando por el de Cuenca o el de la calle Morgue, si bien este último escapaba a su jurisdicción; de todos era sabido su mínimo apego al common law. Esa obsesión por la transgresión de la norma se mezclaba con la nueva virtud adquirida tras el trance sufrido, no recordaba con claridad el efluvio sulfuroso emanado del viejo libro, no había constatado en sus cabales, que la pócima del suspenso compulsivo le había sido inoculada a través de la mirada curiosa, anhelante de descubrir los secretos de la desviación humana. No hubo pacto diabólico, ni venta al por menor de almas desvencijadas, que no hablamos de planes de futuro en las calderas de Pepe Botero. Todo había ocurrido en la mente gastada de un hombre demasiado ávido de conocimiento. El alumnado ignorado, se había amotinado ante la deriva de sus aspiraciones, ya no le bastaban los argumentos vacuos de un examen incompleto, ni el rigor evaluativo del viejo catedrático. Sumisos pero curiosos, fueron desplegando las alas de la conciencia para acercarse a la realidad más inicua, al cotejo absurdo de que algo no cuadraba en este círculo vicioso al que se habían visto abocados. Las voces desautorizadas por mafiosas en sus métodos, dieron paso a la sensatez del que conocía los entresijos del suspenso. La veteranía solía ser un grado en la milicia trasnochada, pero aún aquí, adquiría un plus sobre los que apenas si albergaban un suspenso en derecho procesal. Un alumno se eleva entre los asamblearios y toma la palabra. Ronda los veintiocho años, y éste, es su noveno en la Facultad. Los demás le escuchan con el embeleso que supone ser testigos de que alguien les supere en desaciertos, no en vano cuenta en su haber con cinco convocatorias agotadas en la asignatura de la discordia. No hay aplausos venturosos, ni cabeceos de asentimiento ante sus palabras, si bien, todos los presentes, todos los congregados sin excepción se fueron levantando del suelo, una vez más pulido por esos operarios que pareciera que habían sido imbuidos de la obsesión por el brillo. El duelo estaba previsto para las doce del mediodía en el aula magna, el catedrático había designado como padrinos a dos profesores del mismo departamento cuya jefatura ostentaba. El alumno por su parte, había solicitado el concurso de un compañero que jamás había conocido una beca Erasmus, y otro que, en su sexto año de carrera, aún tenía pendiente de superar historia del derecho, asignatura que se venía impartiendo durante el primer curso. Las armas escogidas no fueron el argumento, ni el conocimiento, que en demasiadas ocasiones suelen llevar a error cuando de exámenes se trata. La elección se decantó por el debate sin reglas que lo encorsetaran. Toma la palabra el viejo profesor exponiendo las ventajas de su método, las bondades del suspenso colectivo sobre el compulsivo. El alumno le rebate exigiendo la presentación de credenciales admitidas por la comunidad estudiantil, no le valen las artimañas al uso: «poco desarrollado, falto de concreción, no se ajusta a lo preguntado». El contrincante arguye que las notas no son aleatorias, que, si no se demuestra el suficiente conocimiento de la disciplina, no se puede superar la asignatura; a lo que el expulsado en cinco ocasiones del despacho contesta que el conocimiento no estriba en conocer unos datos absurdos, carentes del mínimo interés y vacuos en el sentir general de la comunidad estudiantil.

            —¿En qué basa esa afirmación? Pregunta el profesor.

            —En la incongruencia de sus pruebas evaluativas, en la latente, por no decir patente deslealtad hacia la verdad; en que sus pruebas son trampas, artilugios para cazarnos por la retaguardia, como si practicara una suerte de captura de emberécidas con la tradicional resina denominada liga.

            —Eso es una ignominia, de hecho, mi último examen versaba sobre la incongruencia del derecho penal en la corte de Carlos IV —se azora el versado en penas.

            —Cierto, incluso ha llegado a preguntar por la diferencia entre un cohecho impropio y una dádiva. —Muestra unos dientes recortados el estudiante.

            —Eso son argumentos banales, farfulla el acorralado profesor, no me consta que haya realizado tal pregunta.

            —¿Me negará —vuelve a la carga el cargado de suspensos— que corrige los exámenes con una plantilla, que resta puntos por la omisión de una palabra concreta? ¿Qué en más de una ocasión ha preguntado por algo que ni consta en el manual, o si lo está, apenas si figura con una letra tipo Calibri de cuerpo cinco?

            —¡Protesto! —No ha lugar, interviene el decano. El profesor debe contestar a la pregunta del alumno—. Mis métodos son los que son, siempre he evaluado así, y en infinidad de ocasiones me han reconocido la validez de mi exigencia. Al final, —añade quisquilloso— cuando concluyen su periplo universitario, solo salen alumnos desprovistos de cualquier bagaje elemental, no serían capaces ni de arrimarse a las colas del paro.

            —¿Por eso es preferible suspender masivamente? —contraataca el veterano diletante— ¿Considera que se motiva al alumno cuando se ve abocado a comparecer una y otra vez a las sucesivas convocatorias? ¿No se ha parado a pensar que una rebaja en el rigor, un descenso en la exigencia podría reducir el fracaso mayoritario?

            —Me ofende con sus palabras —se defiende el viejo profesor— ¿Pretende que prevarique, que conceda el aprobado general?

            —No, solo que rebaje las pretensiones, que las pruebas a las que somete a sus alumnos sean más sopesadas, que valore lo expuesto y sume, no solo reste lo que se ha obviado —concluye su intervención el absentista.

            Tres días duró el debate, dos noches se sucedieron entre las paredes del aula que los congregaba. Una profesora fue atendida de unos espasmos, estaba embarazada de tres meses y la sesión maratoniana había hecho mella en su espíritu. Hubo intervenciones acaloradas por parte de aquellos que defendían la férrea disciplina: «Adonde vamos a llegar si tenemos que escuchar a los alumnos en sus planteamientos, esto es el final de la Universidad, doce años dedicado al estudio comparativo de la igualdad entre los pueblos, y ahora… Esto es inconcebible». La defensa del alumnado, o en este caso la fiscalía estudiantil, no se queda atrás con sus acotaciones: «Me suspenden porque me tienen manía, mi examen de ciencia política estaba casi perfecto, no sé qué pretende el profesor que le conteste». De nada sirvieron los nueve años enterrados en la facultad, de menos las cinco convocatorias agotadas; la licenciatura, si obviamos la de este mundo, no se produciría.

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