Muerte por Derecho VI
El decano le recibe en su despacho de la primera planta. Sentado, con los brazos apoyados sobre la mesa le invita a pasar con ademán cansado.
—¿Sabemos ya que es lo que mata a nuestros alumnos? —pregunta anhelante. —¿Por qué no quién? —responde preguntado a su vez el viejo profesor.
—No hay asesinos en mi facultad —contesta contrariado el decano.
—Pero lo hubo —asevera con una mueca de desdén el catedrático de derecho penal.
—Bien, —acepta su superior en lo académico—¿Qué propone?
—Tres días, —contesta poniéndose de pie y encaminando sus pasos hacia la salida del despacho— tres días serán suficientes. «¿Para resolver el caso?». Para que vuelva a matar. —Sale dejando la puerta abierta.
En 1987 una alumna brillante cursaba sus estudios en estas mismas dependencias. Su expediente académico estaba confeccionado con las mejores calificaciones a las que podía aspirar cualquier alumno. De las veinticinco asignaturas impartidas en aquellos planes del cincuenta y dos, en veinticuatro había obtenido una calificación de matrícula de honor, y solo en una, precisamente en derecho penal, se le había consignado un notable alto. Esta mácula en su historial académico suponía una afrenta difícil de digerir, máxime, cuando tenía plena conciencia de que ésta, se debía a una vendetta entre viejos carcamales incapaces de aceptar una rendición pactada en sus argumentos. El padre de la joven había sido catedrático, y enseñaba en esta misma facultad la asignatura de filosofía del derecho. Hombre culto donde los hubiera, había escrito varios manuales de la ciencia que impartía, incluso llegaría a ostentar un puesto de concejal en el consistorio de la ciudad. El filósofo era un amante del iusnaturalismo, un defensor a ultranza de los derechos humanos. Por su parte, el viejo profesor de penal era un positivista convencido; para él, el derecho es un conjunto de normas dictadas por el soberano, como representante de la voluntad de los hombres. La discusión versaba sobre el encorsetamiento de la ley, sometida a la voluntad de un marco jurídico propio de sociedades arcaicas, a lo que el positivista alegaba la estricta legitimidad de una codificación que marcara el camino al infractor. «Si se le da por escrito y tasada, no podrá alegar ignorancia en su cumplimiento». El antiguo concejal no aceptaba tales argumentos, puesto que, para él, los derechos se encontraban en la propia naturaleza de las personas.
Había prevista una conferencia sobre el absentismo estudiantil durante la revolución de mayo del sesenta y ocho. Los alumnos se concentraban a la entrada del aula magna como ganado a las puertas de un cercado demasiado estrecho para absorberlos a todos. En la puerta de acceso se habían situado dos becarias, profesoras que preparaban su doctorado en el departamento de ciencia política. A cada alumno se le entregaba un folio con el membrete de la asignatura, en él deberían consignar sus impresiones sobre la conferencia. Este método de control resultaba muy efectivo a la hora de comprobar quien había asistido a la conferencia y quien se había escaqueado refugiándose en la cafetería. El aula permanecía en una penumbra propia de un café teatro, solo la mesa de los oradores estaba bien iluminada. El ponente disertaba sobre la juventud y su papel en la sociedad actual:
«Me preocupa este rumbo sin brújula que ha emprendido la comunidad estudiantil. No es que me haya vuelto un pesimista quisquilloso; o tal vez sí, el caso es que el ruido de dientes afilándose para la gran mordida me recuerda a épocas pasadas, días en los que el suelo patrio rezumaba tanto rencor, que la gente aún no había aprendido que la palabra puede ser más mortal que la espada. La juventud, heredera por derecho propio del futuro de nuestros designios, tiene en su mano la llave para abrir esas puertas que se nos cierran cada día.
El grito desaforado de una alumna de primero dejaría en suspenso las palabras del orador. Todos se volvieron hacia ella, que agitada corría escaleras abajo buscando la salida. Pronto aquella aglomeración de personas que huyen, confluía con la idea un tanto acertada de abrir la otra puerta, la que accedía al patio empedrado. La huida generalizada no se percata de que prendida de un pequeño arce japonés cuelga una mochila ensangrentada, una mochila que golpea en la cara demudada de un pecoso pelirrojo que huía sobre los guijarros mancillados. Cae al suelo el aterrorizado alumno, le pasan por encima los que no han podido esquivarlo, caen otros tres, cuatro con el que acaba de perder las gafas en la carrera. Golpes contra el marco de la puerta, voces de gente sin dominio, pánico generalizado ante el desconcierto de una muerte acechante sin guadaña presta, pero con la mandíbula desencajada.
El catedrático de filosofía fallecía seis meses después de aquella enconada disputa, el viejo profesor de penal consignaba un notable alto a la hija de su rival en la polémica. Un cáncer de panceras le daba la razón al iusnaturalista, pues no hay mayor naturalidad que morir de una enfermedad mortal. Una amarga derrota fraguaba las ansias de venganza en la que hoy en día, es profesora titular de la misma asignatura que impartía su progenitor. La doctora García masticaba su revancha con la misma parsimonia que lo haría un rumiante.
El muerto del aula magna resultaría no serlo, aunque la sangre de la mochila sí era tan verdadera como el corazón de buey cobijado en la misma. Acabado el alboroto estudiantil, los encargados del mantenimiento de las instalaciones descubrieron que se trataba de un esqueleto que alguien había trasladado desde la cercana facultad de medicina, hasta esta sala donde se impartían conferencias a cargo de personajes de prestigio científico. El saldo no resultaría tan gravoso como en principio se pudo haber temido: cinco alumnos presentaban contusiones y una becaria con un esguince de tobillo.
La preocupación del decano iba más allá de los contusionados. ¿Quién había traído el esqueleto y con qué fin? Resultaba indudable, que la mochila con el corazón sangrante había sido obra del mismo autor, así que, solo restaba averiguar las causas y tendría al asesino. Habían trascurrido veinticuatro horas desde su entrevista con el profesor de penal, aun restaban otras cuarenta y ocho para que se cumpliera el plazo por éste establecido para resolver el misterio de los crímenes. «¿Sería capaz de hacerlo?» Se preguntaba en la soledad de su despacho, en la umbría de sus pensamientos.
La biblioteca estaba casi vacía, apenas si una decena de estudiantes repasaban las páginas agotadas de un tratado sobre derecho civil del profesor Diez Picazo, o el código de comercio actualizado tan necesario para superar la asignatura de derecho mercantil. Como si de un díscolo se tratara, un alumno leía unos apuntes que versaban sobre las oposiciones a Guardia Civil, algo inaudito en aquel templo donde se rendía culto al Derecho. Una persona pasa con una mesa con ruedas sobre la que se hayan dispuestos varios libros de texto, manuales sobre las ciencias jurídicas que deberán aprender a manejar en su futuro profesional. Se trata de una mujer de edad intermedia, supera los cincuenta, pero no debe alcanzar los setenta, puesto que el color berenjena de sus cabellos disiente de la falda corta y plisada que apenas si cubre unas piernas varicosas. La señora pasa de largo y el alumno infiltrado levanta la vista para mirarla con el detenimiento propio de los que acechan al temerse descubiertos. Recoge sus apuntes y se encamina hacia la salida, tiempo habrá de volver a la paz de esta biblioteca desarmada de aspirantes al suspenso. Al salir se cruza con la doctora García. No la visto nunca y no tiene por que saber que esta mujer es profesora del centro. La biblioteca se compone de dos anillos superiores con asientos individuales, y dos inferiores, por debajo del nivel de la entrada principal. En el segundo se despliegan una serie de archivos que escoltan a las escasas mesas colectivas, cuatro en esta zona con seis asientos cada una. El archivo está catalogado por asignaturas y dentro de estas por secciones según la materia a la que se quiera acceder. El alumno busca en la asignatura de derecho civil, en la sección de sucesiones y donaciones. Arriba, la doctora García saluda al conserje, un hombre que estudiara Derecho hace ya unos años, pero que declinaría la colegiación. Baja las escaleras que la llevaran al sotano del segundo nivel. No queda nadie visible, las mesas vacías y las lámparas apagadas denotan la ausencia absoluta de alumnos a estas horas de la tarde. En la sección de sucesiones una sombra se mueve inquieta, se oye el tenue sonido de las páginas de un documento apergaminado, unas hojas que bien podían segarle el cuello al alumno que escudriña en busca de una herencia olvidada, o tal vez de un legado que no haya sido reclamado. Un movimiento medido, un sonido apenas perfilado en los oídos del lector, podían haberle alertado de que ese legado que busca, bien puede haber hallado acomodo en la persona que se esconde tras el archivo de derechos reales, otra sección que cobija la hipoteca, el usufructo sobre un bien mientras perdure éste, o la vida del usufructuario. Mal asunto este del usufructo que se cancela con la muerte del poseedor. Brilla ante la lámpara incandescente el metal afilado, cruje el papel agrietado en el puño que se cierra de manera refleja, crujen las costillas acometidas por el abrecartas punzante que le arrebatará cualquier derecho, hasta el de protestar ante la acometida de la que no ha tenido conciencia. Surge el derecho al pataleo, ese al que comúnmente nos agarramos como última y vana actitud de protesta que podemos adoptar al sentirnos defraudados en un derecho; el derecho a la vida, arrebatado mientras el alumno patea el suelo con estertores de muerte. Aun tuvo tiempo la asesina de arrancarle cuatro uñas de la mano derecha y solo dos de la izquierda. Sonríe convencida tanto de su audacia, como del convencimiento de que esta vez, sí que será la definitiva.
El decano no se atreve a mirar al viejo profesor. Una mezcla de desencanto y arrobamiento expresa su mirada. Desencanto por la falta de resolución prometida por éste apenas cuarenta y ocho horas atrás; éxtasis por esta nueva muerte que bien puede costarle el puesto. «Tengo al asesino», responde el profesor antes de ser preguntado. «¿Lo tiene?» Pregunta el decano. «¡La tengo!» Asiente el erudito de la ciencia penal.
La doctora Garcia había caído en la trampa que el viejo profesor le había tendido. El día de los sucesos del aula magna, el penalista había requerido un esqueleto a su colega el catedrático de histología, el doctor Muñoz. Después, había adquirido un corazón de buey en la plaza de abastos; encargo hecho al carnicero del puesto catorce dos días atrás. La doctora García había recibido una nota anónima en la que se le conminaba a acudir al aula magna a cierta hora del día de autos. Perpleja ante estos elementos, llegaría a pensar que su víctima se había percatado de sus manejos y trataba de jugar con ella. Ante el temor de que la pudiera delatar, se vería forzada a cumplimentar el final de su plan de manera, que todas las sospechas recayeran precisamente sobre el profesor de penal. Todos los miembros del claustro, así como cualquier alumno que hubiera cursado derecho penal con el profesor Campos, tenía plena conciencia de la afición de éste al suspenso compulsivo, así como su capricho de consignar siempre una nota superior a cuatro, pero siempre inferior a cinco. Los alumnos conocían por haberla sufrido en carnes propias, esa costumbre al calificar. Los signos encontrados en los cuerpos yacentes eran siempre los mismos: una sucesión del número cuatro y un decimal. «El viejo me ha puesto un cuatro con dos». «¡No te fastidia, un cuatro con seis en derecho penal!» «He suspendido penal con un cuatro con tres…» Era el comentario general cada vez que salían las notas en el tablón. Pero había cometido un error, un terrible error que la llevaría a dar con sus huesos en la cárcel.
El vendedor de la tienda del centro no había pasado por alto el hecho, de que una mujer adquiriera una navaja barbera. «¿Acaso se afeitaba?» No se lo preguntó, pero sí contactó con la policía ante el temor de que la usara para cometer un crimen. El inspector García, durante su visita a la facultad había mantenido una charla con el viejo profesor, llegando a la misma conclusión: una mujer que trabajaba en el centro era la asesina. «Supuesta, don Manuel, aún no ha sido declarada culpable». Le diría con una media sonrisa García al profesor Campos. Alertado el decano, se le puso vigilancia a la doctora García, dando el resultado siguiente:
Una vez concluido el crimen, la profesora titular de filosofía del derecho, abandona la biblioteca bajo la atenta mirada del que no quiso colegiarse y que ejercía de conserje. La doctora se dirige a su despacho, donde le estaban esperando el decano, el viejo profesor y el inspector de policía, quien acabaría por requisarle el abrecartas manchado con la sangre de aquel que hallaría su muerte antes de disponer sus últimas voluntades.
«¿Por qué lo hiciste Inés?» Pregunta el decano. La doctora deja caer su mirada sobre el viejo profesor y contesta: «Nunca superé la muerte de mi padre». Objeta sin volver el rostro. «Pero si su padre murió de cáncer. ¿Qué tenía que ver el profesor Campos con ello?» Pregunta, desolado el decano.
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