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Jugar no es sinónimo de jugarnosla

por el príncipe de las mareas

~~ Una persona lee un libro tranquilamente en su casa, en ese mismo momento, otra persona observa a través de la ventana como la tarde se va poniendo, ya las primeras sombras van asaltando el edificio que se levanta enfrente. En otra ciudad, una madre llega a casa tras recoger a su hija de las clases que recibe de inglés. Cerca, apenas a unos kilómetros de allí, un pastor procede a adentrar al rebaño en el redil cubierto, que la noche acecha perturbadora. En otra ciudad un joven tumbado en su cama fuma, exhala unas volutas de humo que viene a erizar el cabello del Ché, sujeto con dos chinchetas sobre la pared, justo encima de una mesa que alberga varios tratados de no sé qué revoluciones. Dos calles más allá, un hombre ya metido en la cuarentena, escucha a través del vaso de cristal que cobija una cerveza recalentada, las consignas que da un político en televisión. Da igual el color de su ideario, no importa el énfasis que ponga en sus palabras. Tal vez el destino caprichoso, tal vez la absoluta indigencia institucional, quizá los dos años desempleado de un tercero, los han hecho coincidir en la plaza donde se celebran las fiestas del barrio. Tal vez la casualidad, tal vez el azar han hecho converger al de la imagen del Ché, al parado, al despistado, al imbécil, al hastiado y al contenedor que el Ayuntamiento tiene ubicado en la plaza. Nadie sabe quién dio el primer grito, quien lanzó la consigna, ni quien corrió primero, pero ya son varias decenas las personas que se enfrentan contra un furgón, dos y hasta un tercero de la Policía. El contenedor arde junto al vehículo estacionado su lado, las carreras se mezclan aleatorias con las pelotas de goma, éstas sincronizadas con los botes de humo resuenan dos calles más allá, ya es el tercer día de disturbios desde que el rey abdicó, el alcalde amagó con construir un bulevar o las dos docenas de okupas fueron desalojados del edificio que debería haber sido derruido la semana pasada. Ha habido elecciones, han surgido nuevos partidos, promesas de cambio ante este capitalismo depredador que realmente está acabando con la gente. Llevamos un mes de disturbios, el proyecto de bulevar quedó paralizado, el edificio en ruinas permanece en pie, el nuevo rey ha sido coronado y los nuevos diputados ya gozan de los beneficios otorgados por los que descontentos, han apoyado sus promesas. El furgón los tres furgones policiales han aumentado, son varias decenas las que aturden con sus sirenas y sus luces azuladas no ya la plaza, son muchas las plazas, y las calles, incluso los disturbios han llegado hasta el pueblo donde el pastor se disponía a encerrar sus ovejas. El gobierno ha dictado toque de queda en varias ciudades, los que pedían libertad y democracia en un Estado donde la hay, son ya un colectivo organizado, adiestrado en la guerrilla urbana, se les han unido algún que otro político que no alcanzó escaño en las pasadas elecciones. Ya no arden los contenedores o los vehículos estacionados, ahora son las calles enteras, edificios públicos, viviendas particulares. El gobierno ha decidido sacar al ejército a la calle, los disturbios han sobrepasado con creces la capacidad de contención de la policía. Se habla de algunos heridos, se cuenta que en una ciudad el ayuntamiento ha sido tomado por un grupo de uniformados no sujetos a disciplina militar alguna. Los corresponsales de prensa extranjera llevan tres meses siguiendo el curso de los acontecimientos, los militares han tomado posiciones en aeropuertos, centros financieros, centrales eléctricas, la televisión ha variado por completo su programación, las noticias se suceden en volátil secuencia. Pudo haber sido el 36 en España, pudo haber sido el 89 en la Europa del este. Tal vez recuerde la primavera de Praga o el invierno de Sarajevo, pero como nos espabilemos, como no asentemos la sesera, como no aprendamos que da igual un año, un lugar o una estación meteorológica para revivir los sucesos de la plaza de Tian’ anmen, la toma de la Bastilla o la rebelión de Crimea, nos coge el toro sin tener ni la menor noción de donde esta Pamplona.

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