No se trata de un cuento, es una novela
~~ La longeva edad de Lázaro no viene dada por el acaecimiento bíblico, de hecho, ni la madre del anciano, fallecida hace treinta años, ni el padre, capitán de la guardia republicana, habían leído una sola página del Antiguo Testamento. La familia provenía de Guaro, población aledaña a Monda, en la comarca de la Sierra de las Nieves, tributaria de la provincia de Málaga. Lázaro se jactaba de beberse una caja de cervezas cada día, la mitad antes del almuerzo, y la otra mitad justo al atardecer, antes de que la noche se adueñara del patio de la casa donde se había casado con Lucrecia. Su mujer se decía descendiente de los Borja, estirpe valenciana de origen aragonés, que acabó acaudillando a la iglesia romana en uno de sus descendientes. La tal Lucrecia, se decía que tenía un don, un poder sobrenatural tan atractivo como indiscreto en los argumentos. Se apuntaba que podía devolver la virilidad a los hombres castrados por orden de la cancillería. Nunca se supo si los orígenes de esta atribución venían dados por la realidad de una cópula acaecida en una noche de otoño, en plena fiesta del membrillo. Decían los promiscuos redentores del culto a la molicie, que se había producido en las carnes prietas de una joven desvalida del pueblo vecino, una mujer tan estéril como frígidos eran sus muslos de marfil. Sucedió casi sin esperar al alba, apenas si despuntaba el planeta venus por el altozano del cuervo, cuando el eunuco confeso la acometió sin previo aviso. La muchacha quedó preñada de mellizos, aunque ninguno de ellos llegó a ver la luz del sol. La madre había jurado ante la imagen de San Antonio, que uno de los dos había nacido sin atributos masculinos, cual sátiro de pies de cabra, y que el otro, apenas si atisbó el alumbramiento de su hermano, se revolvió en las entrañas con tal negación a la vida, que ni los fórceps aventurados de Anselmo resultaron suficientes para extraerlo entero. El anciano apenas si podía distinguir la noche de la oscuridad, la pátina deslustrada de sus ojos adolecía de una absoluta oscuridad. Ni las del Salto de Ángel tenían parangón en la caída de sus lágrimas. Quiso el bueno de don Jesús operarle en alguna ocasión, pero como bien decía el buen hombre: - Para lo que hay que ver, ya me bastan las orejas.
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