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El rey a muerto, larga vida a ¿la república?

por el príncipe de las mareas

~~ La abdicación –aunque muchos no tengan ni idea del significado del vocablo- del rey, ha supuesto el pistoletazo no ya de salida, sino de relevo, de las reivindicaciones de un sector de la sociedad española. La república, la res publica (cosa pública) asoma de nuevo tras las bambalinas de aquellos, que o bien quieren vendernos una Tierra prometida, o desconocen los entresijos de tal modelo político. El rey se marcha, abandona sus quehaceres que tantos quebraderos de cabeza le venían dando, para dar paso a su hijo, a esa nueva generación como ha tenido a bien denominar al relevo sucesorio. Su figura no es su legado, su herencia resulta en todo provechosa, yo la acepto sin problemas, si bien aseguraría que muchos la pedirían a beneficio de inventario. Su figura es otra cosa. Los claroscuros de su bodegón institucional asemejan a un collage de éxitos mezclados con tonalidades cálidas, marrones y grises de una etapa donde ha habido casi de todo. Como personaje público adolece del carisma de un buen actor de Hollywood, no tiene esa sonrisa profiden ni ese corte de pelo a lo Cary Grant, pero lo ha sabido suplir con una campechanía rayana en lo mundano. Personalmente creo que es un hombre de cierta valía intelectual, pero de torpeza manifiesta. Sus coqueteos con el mundo empresarial no han sido lo acertados que deberían esperarse de una figura regia, ajena a juegos de manos y reuniones de notables. Me da la sensación que sus gustos por lo alejado de su bolsillo le han llevado en alguna ocasión a rodearse de gente que se ha movido en la foto. Varios personajes que llevaban colgada la etiqueta de amigo del rey, han desfilado por los juzgados, han sido catalogados como pícaros, o simplemente no han estado a la altura de las circunstancias. Ha habido detalles poco ortodoxos como el regalo del velero Fortuna, o situaciones poco acertadas, como el desliz de la cacería de Botsuana, que han salpicado de ocres una fotografía que no debería haber sido ni sepia. El rey ha sido nuestro mejor embajador en el mundo, ha forjado innumerables contratos relevantes para las finanzas españolas, ha aglutinado ideas dispares y ha consagrado una pax romana inédita en esta Hispania irredenta. No sería de recibo quedarse con la imagen de un hombre mayor, casi decrépito en ocasiones, salpicado de escándalos infames como el caso de su yerno, y ni motejado por sus frecuentes perdidas de equilibrio. El rey ha sido un personaje significativo en nuestra historia reciente, una figura que tal vez no alcancen al menos en talla, otros actores mediocres que puedan aspirar a ocupar su puesto como Jefe del Estado. Aquellos precursores de un nuevo orden, de un nuevo modelo de Estado que nos redima de nuestras miserias, esos que creen que la república supondrá el bálsamo quijotesco que todo lo remedia. Comiencen por informarse antes de opinar sobre cuestiones que a veces, a todos nos vienen largas. Nuestro ordenamiento jurídico está circunscrito a la Constitución del 78. Esa que fue aprobada por las Cortes y posteriormente refrendada en las urnas por los españoles. Me jacto de haberla leído, y en ella figura la Monarquía como modelo institucional, político o del Estado, no deja ninguna opción a la república; a no ser que aquella se modificara con la mayoría cualitativa que prescribe. Digo esto, porque leo y escucho decir, que es tiempo de democracia, de votar, de elegir entre república y monarquía. Pues no, no es así. Los representantes que elegimos cada cuatro años son los encargados y legitimados para votar estas cuestiones. Todo esto, dentro de la normalidad parlamentaria que concede un Estado democrático como el nuestro. Algunos ven en la república la salida a nuestros males, que no yerren en la conceptuación. En primer lugar las experiencias vividas con anterioridad nos demostraron que no era tal el ungüento como nos pueda parecer tras ocho décadas de aquellos acontecimientos, y en segundo lugar, que nuestra república sería una república parlamentaria al estilo italiano o alemán, lejos de la asamblea francesa donde su presidente, es el jefe del gobierno. Nuestra república estaría presidida por un jefe de estado con connotaciones y atribuciones muy similares a las de nuestro monarca ¿Cambiamos al futuro Felipe VI a los mandos del Estado por otra figura similar de la talla de Rajoy, Zp o Cayo Lara? No acabo de ver las ventajas, sin embargo sí que “detesto” los inconvenientes. Las tradiciones no son un cúmulo de recuerdos que contar a las siguientes generaciones, por el contrario son realidades a tener muy presentes, y nosotros los españoles sabemos de sobra que siempre que hemos experimentado con algo más fuerte que la gaseosa, se nos ha acabado yendo de las manos.

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