Por quien doblan las campanas
~~ Se vanagloriaban de su éxito, estaban tan orgullosos de su hazaña, que apenas si recordaban que hacía tanto tiempo de ésta, que ni los más viejos del lugar la recordaban. Se trataba de un grupo reducido, conformado por los avatares de la guerra y los embates de la más absoluta estulticia humana. No dan una a derechas, bueno ni a izquierdas, porque ideologías aparte, la inacción se ha apoderado de ellos como si el conflicto reseñado apenas fuera un vago recuerdo enmarcado en unas páginas garrapateadas con pulso firme, tal vez no tanto como el que aceleraba en los sanfermines de los que gustaba correr en aquel mes de julio. El reflejo, esbozo certero de una sociedad irredenta, tozuda hasta decir basta no es más que una acuarela de colores apagados. Cierto que hubo un tiempo en el que fuimos grandes, tanto como para dominar al mundo con unas cuantas picas y muchos pares de cojones. Ni el marqués de Santillana se atrevería a pronosticar estaciones más halagüeñas, ni el propio autor del relato original que traigo a colación como medio de expiar penas mayores, tendría la osadía que auspiciaba cuando corría tocado de pañuelo rojo adelantando al minotauro pamplonés. No somos lo que fuimos, al igual que estos que acechan su propio destino, no volverán a volar un tren enemigo. Me viene a la memoria un relato acecido, no escrito, hace una década en esta otrora hostigadora de flamencos, en esta patria desnutrida a causa de los estragos producidos. Tal vez el tren no fuera enemigo, tal vez los trenes volados no fueran la causa de la desgracia forjada en moradas de mortajas. No, no volverán los tiempos de la voladura del tren en épocas de duelo fratricida contados por foráneo afincado por mucha nobleza que pueda acarrear un nobel. No, no volverán a tañer en repulsa malnacida, ni doblarán las campanas anunciado la voladura de un tren, de unos trenes que a los unos les supo a gloria, y a nosotros nos maldijo el futuro.
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