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Mayorías silenciosas

por el príncipe de las mareas

~~ Algún día se hablará de las mayorías silenciosas, pero de momento no toca, como dirían éstos de la farándula castiza. Las mayorías tanto en plural como en singular, suelen ser malas consejeras, adolecen de la humildad precisa para enfocar con precisión las situaciones, se sustentan de una ególatra sensación de verdad, y niegan la supervivencia de otras opciones que no alcancen el mínimo por aquellas exigido. Si van tres y dos coinciden, se arrogan una legitimidad rayana en la tiranía; pero no por la imposición resultante, sino por la propia convicción de estar en lo cierto. Esos dos decidirán el presente de los tres, planificarán el futuro de los tres, y despreciarán la menor objeción ante sus dictados. En lo político, estas mayorías resultan hasta peligrosas. Ominosas diría yo cuando los que las ostentan no quieren ver más allá de ese número alcanzado en la lotería de las urnas. Un partido se erige en vencedor de los que andaban en liza, ese partido en realidad, las más de las veces, lo único que ha logrado ha sido recoger la derrota de los otros, levantar del suelo las opciones perdidas, o tal vez desperdiciadas por sus oponentes. Una vez arrogado de esa mayoría, se verá impelido a dictar normas que sean contrarias a los derrotados, no ve más opción que obviar, por no decir ningunear las ideas de esos condenados al ostracismo al que nos aboca el fracaso. No existe ciencia ni jurídica ni empírica que otorgue esa legitimidad a las mayorías. No, no hablo de legitimación, ya que ésta si es reconocida sin empacho alguno, me refiero a legitimidad, que si bien puedan parecer lo mismo, no lo son. La legitimación la obtienen de la ley, de la costumbre inveterada de dotar al que la ostenta, de una absoluta certeza; la legitimidad no es más que el consenso, la alianza entre la legalidad y la moral. Las mayorías suelen ser inicuas, dotadas de una perversión excluyente. Los que la han alcanzado no se paran en mientes sobre los motivos que les han llevado a ocupar ese estatus superior, lo ostentan por la gracia de un destino que les ha elegido a ellos como adalides de una verdad absoluta, su verdad. Así, no buscarán el consenso zafio y denigrante, no atenderán a más razones que a las que sus propias conciencias les dictan. Sin embargo, hasta en eso se equivocan, ya que dentro de su propia mayoría surgen voces discordantes, minorías encubiertas dentro de esa gran suma de voluntades, conformes y disconformes, afines y díscolas. No quiero mayorías autoritarias, impositivas e impositoras que solo buscan medrar a costa de esas minorías, que en el fondo somos una inmensa mayoría acallada por nuestro propio silencio.

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