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Una carta electoral de Reyes

por el príncipe de las mareas

~~ Con motivo de la Epifanía de los Reyes Magos, los menudos de la casa suelen escribir unas cartas, en la que exponen sus deseos, manifiestan sus ilusiones y reivindican unos regalos basándose en su buen comportamiento. No es que se pueda igualar esta misiva con el programa electoral de los partidos políticos, pero sí que hay cierta similitud si no en el contenido, al menos en la demanda. El de la carta solicita, pide, exige si me apuran la concesión de un deseo, el del programa electoral, aunque en principio parezca un oferente, no deja de ser otro demandante, eso sí, oculto bajo una consigna mercatoria de intercambio. El niño que pone sus deseos por escrito, lo hace con el convencimiento de que al menos, alguna de sus peticiones será atendida; el que oferta su programa, sabe que al menos alguno creerá en él. Si la misiva peticiona un balón, una muñeca o un juego de magia, el destinatario, que no es otro que los padres del peticionario, no puede descolgarse con un pintauñas, un mapamundi o un libro de colorear. Y no lo puede hacer, porque estaría defraudando las expectativas puestas en él, de manera simbólica, representativa de los magos de oriente, pero de obligado cumplimiento como toda norma no escrita que se precie. El del programa electoral sin embargo, no solo puede ningunear sus promesas, sino que se permitirá incluso permutarlas por la más estricta contrariedad de lo ofertado. Así, donde ofrecía trabajo, bajada de impuestos, y seguridad, acabará repartiendo paro, gravando la fiscalidad, y creando una sensación de maltrato personal, rayando el paroxismo de la desvergüenza institucional. Nos diferenciamos claramente de los niños, estos al ser defraudados en sus expectativas, lo dirán abiertamente, castigaran con su desprecio a sus progenitores, maldecirán a los que decían llegar a lomos de camellos cargados de ilusiones, y se mostrarán altaneros e inaccesibles al menos, hasta que se les pase el berrinche. Por el contrario, nosotros, los electores, los que adquirimos un programa porque lo ofertado nos parecía interesante, no mostraremos esa contrariedad de manera tan clara, nos limitaremos a quejarnos, criticar, despotricar en las tertulias cotidianas, en las redes sociales o alguno, incluso llegará a manifestar su disconformidad renunciando a votar la próxima vez. Nada que no esté previsto por aquellos charlatanes de feria, esos tahúres de escaño manido, rayado como un pupitre de tantas horas de tedio, abulia y desprecio hacia el electorado. A los votantes nos llaman el cuerpo electoral, y me supongo que esa denominación es otra muestra del desprecio que nos demuestran: Cuerpo sí, porque no tenemos cabeza ¿O acaso si la tuviéramos permitiríamos que ellos mantuvieran erguida la suya?

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