Pan y circo
~~ La antigua Roma era más sabia que lo puedan ser estos que nos gobiernan, los emperadores acuñaron la costumbre del “pan y circo”. Esta fórmula les dio buenos resultados, el pueblo quedaba inerte con el espectáculo circense, y de camino se iba comido para casa. Hoy el cine no tiene comparación, la entrada no es gratuita como en la arena del Coliseo, y el pan te lo cobran en forma de palomitas a un precio desorbitado. Hubo un tiempo en el que los dirigentes españoles suplieron la falta de cristianos que inmolar, con otros cristianos carísimos, aunque fueran portugueses, brasileños o argentinos. Así, se entretenía al personal mientras se les robaban los derechos, que no la vida. Hoy es diferente, siguen los cristianos en liza, esta vez como gladiadores enfrentados a los bárbaros catalanes, díscolos vascones o irredentos tartesios. Sí, pero ahora las reglas han cambiado, ahora el pan no lo aportan los dirigentes ni lo traen bajo el brazo los niños que no nacen, hijos que deberían relevar a sus progenitores en la ardua tarea de trabajar para mantenerlos en su vejez. Ya no trabaja nadie, ni nace nadie, ni nadie está dispuesto a dejarse llevar por los cantos de sirena de un ministro que ve atisbos verdes en un arco iris de colores marchitos. Algunos decían hace poco que habíamos tocado fondo, que ya no podíamos caer más y que la recuperación sería cosa de unos meses, tal vez siendo menos optimistas, unas décadas. No atisbo tales venturas en el horizonte patrio, es más, auguro una vuelta de las siete plagas bíblicas conformadas en políticos ávidos de nuestra sangre, como vampiros de una saga renovada en la pluma de algún avispado oportunista. Una prueba de ello fue la entronización de Gallardón en el consejo de ministros, donde fraguó las tasas judiciales, la de Wert, que no se amilanó a la hora de subir las propias en lo tocante a la educación. También se apuntó al carro de las subidas el propio Montoro, que de un plumazo se llevó por delante los ahorros del sufrido contribuyente. En este baile de modelos, de modelos económicos que nos ha tocado vivir, también parece que ha perdido su zapato la cenicienta del gobierno, el ministro de interior, ese personaje gris, timorato y apocado, que no ha querido dejar pasar la oportunidad de lucir vestido y se ha descolgado con un proyecto de ley de seguridad ciudadana, que vislumbra no ya subidas, sino bajadas de derechos constitucionales. Valga que eso de disfrazarse de nazareno con sudadera hasta las orejas para quemar mobiliario urbano sea penalizado, valga que no se acose a las personalidades públicas, y por supuesto que vale que no se grabe a la policía disolviendo una manifestación- quede claro que no vale cuando se trata de disolver en ácido al manifestante, eso no es actuación, sino delito-, pero lo que ya no me vale es que se quiera permutar el código penal con una recaudación voraz propia de sindicalistas o duques consortes. Las penas que se perfilan en la nueva ley suponen un relevo encubierto de la actuación judicial. Hasta ahora, el poder judicial era el que podía imponer penas privativas de libertad, la administración se conformaba con asestarnos unas multas pecuniarias, que aunque dejaban el bolsillo temblando, se podía uno recuperar en un plazo determinado. Bien, pues los tiempos cambian, ya no interesa encerrar a alguien por una conducta incívica; no renta el tener que mantenerlo una buena temporada, invertir en prisiones, funcionarios y todo lo que con lleva una condena penal. Con el castigo financiero ganan todos, se llevan una buena tajada, se ahorra el subsidio de desempleo cuando el reo cumpla la pena, se suprimen funcionarios y se da una vuelta de tuerca a la ya casi desnutrida administración judicial. Cosas de la modernidad de estos liberales, multas millonarias que si no se cobran, al menos disuaden, no ya de cometer un delito, que eso la verdad les preocupa poco, sino de molestar a sus señorías, reivindicar derechos perdidos, o criticar la gestión de los que nos gobiernan.
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