Uno de los problemas de ser corto de vista, es sin duda la carencia de
Uno de los problemas de ser corto de vista, es sin duda la carencia de perspectiva. Hace ya tres décadas nos sentimos tan aliviados con la muerte del dictador, que nos pareció que eso de los autoritarismos, eran cosa del pasado. Inmediatamente se puso en marcha un sistema político que había hibernado otra década más, a la espera de una primavera adelantada en un calendario de optimista compulsivo. El género humano no es ignorante por naturaleza, pero sí lo es tremendamente voluble. Así surgieron unas ideas preconcebidas algunas, espurias otras, tal vez innovadoras las menos, pero con un denominador común, alcanzar el poder para poderlas llevar a la practica. No dejaría de ser legítimo si buscaran un encaje en una sociedad adaptada a los cambios venideros, más no fue así, lo que hallaron fue un caldo de cultivo propicio para el más absoluto despropósito.
En tiempos de los visigodos, unos extranjeros tardaron veinte años en dominar la península. Para volver al estado anterior, se precisaron ocho siglos. Roma antes había permanecido en esta piel de toro otros siete siglos antes de ser desahuciada por aquellos. Al parecer de nuestra historia, nos gusta estar ocupados, y no me refiero a eso de no permanecer de brazos cruzados, sino a la facilidad con la que nos amoldamos al invasor. Franco era una persona física, por lo que solo pudo reinar durante cuatro decenios. Al igual que sus sucesores solo llevan treinta años mal contados, y ya estamos como siempre, hartos de imposiciones pero ninguna alternativa a los hechos consumados.
Mañana nos convocan a una huelga general, que a la vista de las expectativas, yo la dejaría en teniente coronel. Con ello se pretende quizá demostrar el hartazgo frente a los nuevos invasores, tal vez el deseo de una vuelta al septenio anterior donde se ataban los perros con longaniza. Pues ahí radica el error, ese material es débil, no es apto para sujetar a esos perros que han terminado por escapar y mordernos a todos. Las nostalgias de lo que algunos creyeron bueno, las añoranzas de aquel lejano tiempo del becerro de oro donde quien tenia una hipoteca, tenía una inversión para toda la vida, el trabajo crecía en las ramas de los árboles, y los billetes de moneda de curso legal se intercambiaban con la misma facilidad que lo hace un la chaqueta de un político, son ya el pasado. No me sustraigo a la idea de traer a colación al gran Iñigo de Mendoza, cuando recordaba que cualquier tiempo pasado fue mejor. Puede que llevara razón, pero ese pasado añorado se había transformado en un presente de muerte, la de su padre.
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