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La democracia además de rimar con falacia, no deja de serlo en extremo.

por el príncipe de las mareas

La democracia además de rimar con falacia, no deja de serlo en extremo. Resulta que unos señores se arrogan unas prerrogativas por el solo hecho de, sentirse legitimados por las urnas. Las urnas, esos recipientes translucidos que en nada reflejan la opacidad de sus resultados, no son más que un instrumento, un invento, una distracción al más puro estilo trilero. Se convoca al personal para que sintiéndose válido, importante, y a veces imprescindible, ejecute una ceremonia orquestada desde tiempos remotos, y que solo sirve para emular una correlación de fuerzas. El votante se cree que infiere un resultado, que su acción va más allá de un simple ejercicio de mecánica elemental del timo o la estafa encubierta. Es como si ese elemento de los dos que conforman la relación, hubiera ejecutado su parte en el posterior funcionamiento conjunto del juego democrático. La otra parte, la que obtiene esa valoración positiva y positivada en las leyes por mor del ejercicio del anterior, se compromete a cumplir su parte del trato si sale elegida. En realidad lo único de cierto en este movimiento de piezas, no es más que una consecuencia empírica de una articulación artera. Así, el elegido, el mesías redentor salido de esa tabla de ouija denominada urna, se verá investido de la autoridad moral que le acaban de otorgar los que inconscientes de las reglas del juego, cumplen escrupulosamente con su parte en la contienda seudolúdica a la que se han prestado.
Los elegidos, los administradores de nuestros designios se encargarán durante un tiempo estipulado, de conducirnos, de encauzar nuestras esperanzas por el camino del bienestar. Recaudarán nuestro patrimonio para enjugar las contrapartidas ofertadas, remodelaran el sistema sociológico de manera que las ofrendas realizadas vayan más allá de un sacrificio incruento, de una petición arcaica de buen tiempo y buenas cosechas. La sangre demandada no será derramada en balde, ésta servirá para aplacar a los dioses para que éstos, sean benevolentes con el pueblo.
Si observamos detenidamente como funciona nuestro sistema político y social, no podemos más que colegir que estamos ante lo más parecido, a la venta de nuestras almas al diablo.

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