STOP al maltrato humano
No es nada nuevo, de hecho siempre acompañó al ser humano desde que se tuvo conciencia por primera vez del poder sobre los otros. Sus manifestaciones se circunscriben a dos modalidades: la física y la psicológica ¿Cuál es peor? ¿Cuál de ellas origina una sensación más nítida de vacío emocional, de reducción humana? Tal vez el agresor solo vea el resultado de su frustración engrandecida, quizá el maltratador vea culminada su labor destructiva en beneficio de un ego trastornado. No voy a entrar en disquisiciones sociológicas, ni debates sobre las circunstancias que llevan a un ser humano a violentar a otro. Mi intención es solo plasmar de manera clara, la realidad constatada en el cuerpo o el alma de una persona cualquiera, preferentemente mujer, por ser estas las que ostentan sin orgullo el primer puesto de este macabro ranking.
El violento se escuda en su castración mental para desarrollar una personalidad reprimida, se obstina en conseguir una autocomplacencia derivada de su impotencia. Dicen que el maltratador suele ser heredero de sus propios demonios, que ha sido víctima antes que verdugo y que padece un trastorno emocional que le priva de una visión de la realidad. En demasiadas ocasiones justificamos los resultados basándonos en los antecedentes que los desencadenaron. En demasiadas oportunidades concedemos el beneficio de la duda al que no merece la menor credibilidad. Buscamos una realidad en unos hechos que no dejan de ser antinaturales y desproporcionados, y no por el hecho de exceder en la medida esa realidad, sino por que no se ajustan al perfil humano. Un hombre deja de serlo cuando actúa como un ser motivado por instintos de prevalencia, cuando su comportamiento no se adecua a lo que la sociedad espera de él. El maltratador no solo rompe con las reglas establecidas de antemano por la comunidad, sino que supera de manera contundente el sentido común.
El castigo físico se produce, por que el que lo infringe se erige en defensor de su pensamiento único, se convence de que debe reprimir conductas anómalas, cuando en realidad, la suya es la que está desestabilizada.
¿Y los hijos? ¿Y los castigados pasivos? Esos que se ven involucrados no ya en una batalla ajena, sino en un ajusticiamiento continuo de uno al otro de sus progenitores. Son víctimas presenciales de una depravación proscrita, pero por desgracia, usual. Observan con ojos desencajados como su padre, ese que debe velar por su bienestar, golpea, agrede, machaca a su madre. Como el cuerpo de mamá se llena de hematomas, se vuelve violáceo y desmadejado. Contempla con desazón como su madre es insultada, vejada de manera ignominiosa sin que él o ella puedan hacer nada para evitarlo. Quizá cuando crezca, cuando sea mayor…
El legislador ha tratado sin acierto de paliar esta lacra que azota nuestra sociedad, ha implementado los recursos disponibles para desterrar esta insana, pero inveterada costumbre. Se equivoca de plano, no podrá hallar soluciones a hechos consumados, la clave no es otra que la prevención, y ésta, pasa por un destierro radical de algunas costumbres muy arraigadas en nuestro suelo. “si no eres mía, no lo serás de nadie”. ¡Pedazo de animal! ¿Desde cuando una persona es propiedad de otra? Los antecedentes esclavistas de nuestra civilización han podido influir de manera artera en nuestro pensamiento, pero una cosa está clara, o desterramos para siempre esos matices genéticos de “macho ibérico”, o nos veremos abocados a seguir padeciendo este cáncer del maltrato por más tiempo del deseado.
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