RELATO TENEBROSO No será la última vez que alguien cuente una anécdota
RELATO TENEBROSO
No será la última vez que alguien cuente una anécdota como si se tratara de una novela de ficción. Esta que les relato no tiene nada de ficción y tampoco de anécdota. Cuando una situación anómala se repite cada vez que tiene oportunidad, deja de ser anecdótico para convertirse en una circunstancia propia de la mismísima jeta de un jabalí silbando el “Only you”.
Como todo el mundo sabe, al menos todos los que suelen resultar afectados por las maniobras orquestales y a plena luz del día. Aclaremos que el concepto de luz, cuando se aplica a alguien y en plural, véase luces, se refiere a la carencia absoluta de estas. Las luces serían algo así como un reflejo del raciocinio, una manera de decir que alguien está en sus cabales, conecta con la realidad manteniéndose al margen de paranoias, ataques de epilepsia o pérdidas frecuentes de la memoria. La lucidez no puede darse en personas que permanecen en perpetua penumbra mental, es una cuestión matemática: si no hay luz el cerebro se ensombrece, deja de funcionar y muere de manera irremisible.
Una vez aclarado que la cabeza es un instrumento dotado con un interior cuyas funciones son varias, y que la capa externa no es más que un recipiente decorado con mayor o menor acierto, mayor o menor cantidad de cabello y mayor o menor volumen; prescindiremos de aclaraciones que a buen entendedor puedan resultar superfluas. El susodicho individuo, al que no citaremos para no sentar premisas susceptibles de disgusto, ni reconocimiento palmario al contemplarse en un espejo, resulta que amen de todas las acepciones aplicadas a su manera de entender las cosas, me consta que es un reincidente en sus actos volitivos.
En las sociedades modernas suelen acontecer hechos paranormales difíciles de comprender e incluso extremadamente insólitos. Por raro que parezca, hay gente que toma la decisión de continuar incrementando los conocimientos -cosa no tan extraña si releemos lo escrito y…- “Efectivamente, no todos carecemos de luces”. Ese afán, esa manía de no dar por finalizados los estudios una vez alcanzada la edad de dieciocho años, suele coincidir con la asistencia a unos centros ubicados en las capitales de provincias y que se conocen como universidades. Las universidades suelen estar compartimentadas en unidades más asequibles llamadas facultades. Imagínense lo difícil que resultaría poder asistir a la universidad en genérico: - Estoy en la Universidad.
- ¿En toda ella?
- No solo voy a la facultad de Derecho.
La facultad es la posibilidad de dirigirse a si mismo con independencia de taras manifiestas, manías persecutorias, o elementos suficientes de juicio para no ser declarado culpable en todos y cada uno de ellos.
- ¿Usted tiene juicio?
- Sí, mañana a las diez en la Audiencia.
- Me refería a juicio crítico, a la capacidad de discernir entre un día laboral y un puente, vacaciones de Semana santa, fines de semana…
- ¿A que se refiere?
- Déjelo, total si lo que quería decir es si sabe que donde caben diecinueve más el conductor/a, no caben treinta.
El juicio como decía no es algo que se pueda adquirir en una tienda de chinos una tarde que el Mercadona está cerrado, el juicio es inherente a la persona, se tiene o no se tiene.
Analicemos el compendio de catequistas aferrados al tacógrafo o disco de papel, sobre el que se garrapatean las incidencias acaecidas durante el trayecto: Está el amable, persona escasa, difícil de encontrar. Se han dado casos que tras varios meses de viajar de una localidad a otra, y tras ardua búsqueda al estilo de Nicolas Cage en la película así denominada, ha sido posible contactar con alguno. Bueno, en realidad uno. Otro elemento que no neutro, sino más bien cargado de radiactividad, suele finalizar su cometido dejando arriados a los pasajeros debajo de un puente. De nada sirven las protestas, de menos los ruegos ante escarnio semejante, se limita a dejarlos allí como si acabaran de ser victimas de un desahucio. Quien no ha oído alguna vez aquello de: ¡“Que quieres que me vaya debajo de un puente”! No es que quiera, es que te deja por que le sale de una zona determinada y localizada a unos centímetros de la próstata y que se las conoce por gónadas masculinas. Arranca y se marcha del lugar sin volver su siniestro rostro lobuno, y el éxodo al estilo de los años sesenta da comienzo. Aquellas maletas de cartón son sustituidas por unas con ruedas incorporadas, quizás en el intento de hacer más llevadera la peregrinación. Las mochilas a las espaldas, al igual que las bestias cargaban las sacas de harina sobre lomos maltratados por un destino incierto. El sueño aún aferrado a los rostros contrariados por haber sido una vez más abandonados a su suerte en la penumbra de un puente, que bien pudiera recordar la oscuridad mental del que obligó al recién huido a deletrear el catecismo de la mentira, con la misma habilidad que un mono pela unos cacahuetes.
Esta ella, ¿o es él?, que más da, al fin y al cabo se conoce la ruta, no abandona a su suerte al personal, y además cumple con el horario establecido. Luego y como de pasada, te puede tocar el que alberga a sus espaldas tantos años como el medio de transporte utilizado. Igualmente hallamos al que no sabe si la ruta consta en el itinerario, que no por sinónimos tiene por que conocerla. Pregunta, se despista, vuelve a preguntar y por fin llega con quince minutos de retraso.
El trayecto no suele salirse mucho de la normalidad, se duerme, se remueve uno en el asiento, se cabecea o incluso si no hay mucha incomodidad, se puede soñar. No todos practican este ritual de homenaje a Morfeo, que como todo el mundo sabe era el dios del sueño en la mitología griega. Alguno cuando tiene la oportunidad de alternar los vaivenes cefálicos con la charla distendida, aprovecha la similitud de la lengua para contar historias tan interesantes, que la ausencia de unos auriculares puede resultar fatal para el que no haya tenido la diligencia de poner asientos de por medio entre el afrancesado español, y la colombiana menor de edad. Estropeados, no reclinables y ahuyentados de la limpieza, pero asientos a la postre.
La llegada suele ser lo mejor, tras los desperezos más o menos escandalosos, alguno recatado, y todos con claros síntomas de haber descansado como en un colchón de látex. El despliegue de cazadoras, sudaderas o chaquetas varias pone fin a una sinfonía marcada por los sobresaltos de una carretera mal asfaltada. Unos cruzan en pos de sus lugares de evangelización, otros buscan el camino conocido de la cafetería; el refrigerio es de obligado cumplimiento mientras los párpados vuelven a la normalidad de un nuevo día.
El mediodía es la mitad del día, y puestos a compartir mitades, la parte proporcional de ese todo que forman los que sin formar, se dirigen en pos del puente. No ha lugar a contemplar el agua cristalina y el rebrillar de los peces, el puente como los que se olvida el dominguero de señalar en el calendario, está situado por encima de una rotonda más concurrida que un día de rebajas en El corte inglés. Llega uno, dos o incluso un pequeño grupo, arrastre de maletas como de toro recién lidiado y las posiciones se van tomando sin algarabías propias de gaviotas impertinentes. Uno consulta su reloj, lleva dos minutos de adelanto, por aquella psicosis de Hichcok, cree que esos dos minutos pueden resultar vitales a la hora de no quedarse dormido -se entiende que antes de subirse al autocar, que una vez dentro es norma que así se haga-. La inercia contagia a los allegados que instintivamente consultan el suyo. Alguno recorre con la mirada el zoco marroquí desplegado junto a las bolsas amarillas que los empleados de la limpieza han dejado arrumbadas, al igual que suele hacer con los expectantes el siniestro esbirro de la manía de estacionar en ese lugar a horas más intempestivas. Dos, tres, siete, doce… Cuenta en silencio, mentalmente, como si su recuento fuera una plegaria en demanda de no superar las diecinueve plazas disponibles. Cuando llega a treinta pierde toda esperanza y ruega por que los que ya han pasado por situación semejante, que por esta vez se haya equivocado en sus augurios premonitorios de la aparición del monoplaza. No hay piedad en el error invencible por causa de la falta de luces, o de Vergüenza, que no está clara la línea divisoria entre un error manifiestamente reiterado, y una desfachatez propia de los que nunca cogen el coche entre semana.
Llega, estaciona, y antes de nada toma el móvil siempre presto al igual que la letanía de la arana, del engaño perfilado en el rostro cansado de tanto mentir.
- Podéis subir los que vayáis más cerca. Buena estrategia, todos llevan el mismo destino.
- Que suban lo que tengan más prisa. Ahora el despliegue de imaginación vendrá incentivado por las prisas reales de cada uno.
- Yo tengo que sacar a la perra, no puedo esperar al próximo.
- Mi madre tiene arroz para comer, si me retraso se pasará.
- Tengo que echar la quiniela, mañana es el último día y el Madrid juega con el Betis.
Suben los señalados, los escogidos por la diosa fortuna en su arbitrariedad azarosa. Sonríen mientras buscan ubicarse en tan angostos asientos, se dejan caer con esa sensación de triunfo, es como si cada uno hubiera conquistado no la plaza, sino el derecho a ocuparla por méritos propios. Alguno con más ganas de guasa que mala intención asomará desde su atalaya privilegiada, desde su posición asegurada contra incursiones ajenas:
- ¿No has conseguido sitio?, ¿esperas al próximo? El próximo según lo prometido tarda dos minutos, siempre tarda dos minutos aunque el conductor se halle evacuando sus tripas a sesenta kilómetros de allí. Unos satisfechos por la ganancia ofertada de un vehículo más confortable, aunque venga plagado de pañales, bolsas de bocadillos o vómitos ausentados del claustro estomacal por causas de las curvas mal tomadas. Otros cabizbajos, derrotados en la humillación de haberse quedado en tierra, de no haber obtenido plaza para zarpar aunque se tratara del mismísimo Titanic en su viaje inaugural. Antes de que los agraciados con el embarque hayan sorteado el tráfico infernal que azota el cruce, ya está aquí el autocar que viene en auxilio de los náufragos urbanos.
Con el bamboleo del traqueteante armatoste apenas se percibiría el sonido demandante del teléfono de la mentira. Este es como es de la esperanza pero para escurrir el bulto cuando reclaman un servicio contratado pero no asumido. El ruido de la cafetera no amortigua los chasquidos que producen esa sarta de embustes engranados con pericia de tahúr del Missisipi.
- Sí, en diez minutos estoy allí. Estar allí en diez minutos significaría volar a la velocidad de la luz, y todavía ni las naves espaciales alcanzan esas celeridades.
- Es que ha habido una avería, sí parece ser que el delco estaba roto.
- Bueno nosotros estamos cerca, en un par de minutos doy la vuelta. Cerca lo que se dice cerca no es exacto, más bien se podría decir en la otra punta.
- La avería ha sido un imprevisto. Claro, una falta absoluta de previsión por parte del dominguero que no sabe que las plazas, además de las que suele haber en los pueblos, es el número de pasajes que debe reservar para estos casos. La naturalidad con la que se desenvuelven denota una clara experiencia, hasta se podría pensar que asisten a unas clases predeterminadas donde les enseñaran a mentir. ¿Por qué? por la sencilla razón que cuando se carece de una pierna y de un ojo y estos se sustituyen por una de palo y un parche, no hay más que mandarlos al Caribe, (hoy en día costas de Somalia) o a regentar una empresa de autocares.
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