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Nuestra sociedad ha entrado de lleno en una espiral, donde la injusticia

por el príncipe de las mareas

Nuestra sociedad ha entrado de lleno en una espiral, donde la injusticia retoma vertientes olvidadas, donde tanto la orilla izquierda como la derecha, se suman al torrente sin remilgos ante tanta confusión. Culpamos a todo y a todos de todo lo que nos sucede, pedimos cabezas de cargos públicos como el que pide un cuarto de jamón de york, pero no somos capaces de tomar conciencia que ese desbarajuste institucional, esa deriva social no es más que la consecuencia de nuestros propios actos.
Cuando nací, gobernaba la dictadura. No entraré en valoraciones políticas que no vienen a cuento, sí que lo haré en lo tocante a la cuestión social, familiar, a ese aldeanismo que nos circundaba, pero sin ese matiz peyorativo que se usa hoy en día para referirse a los cortos de miras. La gente no era gente, eran personas arrogadas de unos complejos entrelazados, era tu vecino, tu amigo, el vecino de tu amigo que a la vez era un conocido de la madre de tu amigo. Esta maraña social había creado un tejido que mantenía unidos no solo los sentimientos de las personas, también sus necesidades. No era necesario llevar al niño al psicólogo, ni que el adulto acudiera voluntario al terapeuta para que le solucionara lo que al final solo puede conseguir uno mismo, con la ayuda de los que hoy, están desaparecidos sin ánimo ni esperanza de que vuelvan por sus fueros.
Pasaron los años, no muchos, los suficientes para que esa borrachera que todos conocimos como democracia, y que acabó transformada en falacia, nos evadiera de una realidad que se manifestaba indecisa pero certera, sumisa, pero tenaz. Alcanzamos cotas de autosuficiencia personal tales, que incluso superamos nuestras propias expectativas sociales. Los influjos de esos vapores etílicos de los partidos políticos, de la sacrosanta Transición, del modelo de Estado exportable y envidiable por el mundo entero nos llegaron a creer que éramos el paradigma de sociedad moderna y avanzada. No quiero ser cruel con mi propia raza, pero cuánta estulticia hemos llegado a forjar en el crisol de nuestro propio orgullo. No somos los príncipes herederos del reino de dios ni tan siquiera los depositarios de la verdad agnóstica, somos una nación que ha perdido el rumbo, que desconoce si vamos o venimos de un periplo imaginario, donde la realidad nos ha enfrentado con rostro mal encarado y todavía, aún somos capaces de plantarle la otra mejilla.

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