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por el príncipe de las mareas



1. La libertad clásica es la referida a la idea de autonomía surgida a finales del siglo XVII. Consiste en un dejar que el hombre realice su voluntad sin ataduras externas, o incluso despojado de aquellas intrínsecas a su propia naturaleza. En mi opinión la libertad surgida de ese derecho natural, de esa manera de concebir el mundo desde un prisma ético, solidario y comprometido con los demás.
La libertad romántica sería la perversión de la anterior, una evolución relajada y perniciosa que solo aspiraría a alcanzar un Estado del bienestar sin el menor recato.
Las diferencias a mi entender serían puramente ideológicas, una concepción distinta de algo que se parece pero que no llega a ser igual. Un jamón es una pierna de cerdo, pero no es lo mismo un jamón ibérico de “pata negra” y otro de cerdo blanco que no ha visto jamás una bellota.
La personificación del liberalismo o libertad como medio de acción sin coacciones que la constriñan, se basaría en una negación de una realidad impuesta pero injusta, doctrinal pero inaceptada, como bien podría tildarse a la libertad clásica. Los voceros de esta corriente serían aquellos no privilegiados que soportan la tiranía ajena en carnes propias. Por otro lado un liberalismo romántico, aunque el eufemismo resuene en los oídos con un sonido inadecuado, como un falsete vocal que en realidad quisiera expresar otra cosa. La libertad romántica vendría interpretada por aquellos cuya continuidad dependerá exclusivamente del subsidio de la administración. El postliberal no tiene por preguntarse lo que habrá mañana de comer, habrá algo seguro.

2. El Estado en el caso de los liberales clásicos se limitaría a desgranar esas peticiones, esos derechos solicitados. El Estado de esa época convulsa tanto en lo moral como en lo económico, no ejercería más acción que la inacción. Dejaría que los acontecimientos se desarrollaran de manera que la sola vigilancia iría encaminada a la consecución de unos beneficios comunales. Ese Estado no interviene en los negocios de sus súbditos, se limita a garantizar la seguridad necesaria para que el desarrollo armónico se de sin obstáculos. Por el contrario la libertad romántica necesita crear un Estado protector, paternalista que vele no ya por la inercia del comercio y las manifestaciones políticas, sino que se implique de manera directa como un padre de familia autoritario que no deje demasiada libertad a sus hijos. ¿Para que la necesidad de competir, de organizarse civilmente o medrar? papá Estado traerá a casa todo lo necesario para el “libre desarrollo” tutelado.

3. Si nos circunscribimos a nuestro entorno, y más concretamente a nuestra tierra andaluza, es rotunda la concepción que tengo de una libertad romántica. Yo la definiría como una libertad vigilada, donde el ojo del “gran hermano” todo lo ve y todo lo quiere controlar.
Andalucía es una tierra subsidiada, asediada y deseada. La evolución acaecida desde los inicios de la democracia ha alcanzado una cota cero, un despegue que no ha conseguido superar el suelo. Un suelo agrario donde las malas jugadas de una climatología caprichosa, y las peores de unos tahúres de secano, han conseguido encerrar entre ceja y ceja de los andaluces, que la mejor solución para todos sus problemas no es otra que confiar ciegamente en la autoridad impuesta desde un gobierno donde se comparten cafés de despacho, o prebendas propias de un nepotismo no ya consentido, sino amparado.
Aquí nadie se pregunta si la autonomía va más allá de un concepto político, una manera de llamar al día a día del subsidio, y la dependencia absoluta. No es un concepto definitorio de libertad individual, ni falta que les hace. ¿Quien necesita cuestionarse si la informática va delante del empleo, si la educación es cosa de los padres, si acaso un beneficio empresarial estará sujeto a una gestión determinada, o si el sol sale por Antequera o amanece nublado? “Rien ne va plus” diría un crupier que vaya más allá de unas pocas palabras en francés; o como diría el personaje de Disney en la Bella y la bestia: “Madame la cena está servida”. Estos gráficos aunque peregrinos ejemplos, no son más que una concepción personal de cómo está montado el “chiringuito” en una tierra adormecida en brazos más vulgares que los de Morfeo. Quisiera cerrar mi disertación con otro ejemplo que no por cotidiano, deja de ser tan real como la vida misma. ¿O acaso la vida ha perdido su realidad aceptada y se ha transformado en una cometa al socaire de vientos maledicientes? Sea como fuere, no cerraré mi diatriba sin postular un mínimo de comprensión hacia mi elocuencia literaria, y ahí va mi último ejemplo anunciado ya ni me acuerdo cuando: Andalucía es para mí, como el que ya cumplidos los treinta años, aún permanece anclado en la casa paterna. La vieja cultura andalusí, se niega a dejar el rumbo marcado por espúreos y oscuros intereses.
¿Con cual me identifico? Juzgue usted mismo.

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