Místico don Simón, austero en sus gustos y parco en la oratoria, nunca se le
Místico don Simón, austero en sus gustos y parco en la oratoria, nunca se le oyó una palabra más alta que otra. Sus hermanos emigraron a las américas allá por el año veintiséis, en plena dictadura del general Primo de Rivera. No les fue mal del todo, de los cuatro que marcharon solo dos murieron al poco tiempo de unas fiebres amarillas. Dicen las malas lenguas que fueron cosa de las malas compañías, si bien otros lo achacaron al clima tortuoso del Chaco. De los dos restantes uno casó con una criolla, gorda y lustrosa como una cerda rosada que le dio cinco hijos. El mayor murió vencido por los achaques de una vida dilapidada entre indios y peones; la niña, la menor de los cinco vive en Barranquilla y casi nunca visita a sus padres, de hecho jamás supo que su madre murió de parto cuando contaba cincuenta y siete años. Los otros dos viven en Valparaíso, Juan el mediano ejerce la prostitución en un burdel callejero de ambiente pestilente, un antro de mala muerte que heredó de una amante de la Tierra del Fuego y que decía descender de los onas, si bien nunca pudo demostrar esos orígenes fueguinos que se atribuía. Juan no era partidario de enredos familiares, así que prefirió mantener su condición de puto en el más estricto anonimato, tal vez en la ignorancia del fallecimiento de su madre, y el temor a que su padre le corriera a correazos por toda la cordillera andina. El pequeño de los varones salió maricón, de esos de encajes y pinturas en los morros y en los ojos. De coloretes de un rojo intenso, como de payaso de circo ambulante que pintara su rostro blanqueado para ocultar la vergüenza que no sentía. A su padre llegaron noticias de la condición del hijo, pero no quiso darle más pábulo que el que realmente desconocía, así que prefirió vivir en la inopia de una realidad adversa, que morir en el intento de hallarlo en los brazos de un marinero tatuado, o un lampiño de traje blanco y tocado con un panamá. Si el señor cura del pueblo de su tío hubiera sabido de las correrías de un descendiente de su rebaño, se habría embarcado en el primer vapor que hubiera zarpado hasta Buenos Aires, lo traería de la oreja como a un niño descarriado, y le aplicaría el exorcismo previsto para los males de la mente, que el mismísimo diablo debía andar de por medio para pervertir a un buen mozo de manera que se diera a la lujuria con los del mismo sexo
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