La política se ha convertido en una clase social que busca ocupar el lugar
La política se ha convertido en una clase social que busca ocupar el lugar dejado por la nobleza. Ahíta de venturas, colmada de prebendas sueña con perpetuarse en un mundo de lujuria dislocada entre las sábanas de un banquero, un traficante de armas o un proxeneta allende las fronteras del mundo. Siempre correligionaria de las miserias humanas busca su lugar entre los muros derruidos de Sodoma, siempre alerta ante cualquier resto del festín de los pudientes, se arrebuja bajo sus faldas libando lo que se cae de la mesa.
Los políticos medran a costa de los pueblos que someten, acaparan sus miserias en un alarde de solidaridad. Luego, cuando el pueblo adormecido descubre el engaño, es demasiado tarde para componendas de alcoba en los lupanares de la desdicha. Los somnolientos ciudadanos abren los ojos cerrados y farfullan sus cuitas desoladas, ruegan una moratoria a sus males y exigen el cumplimiento de unas promesas que no se llevó el viento, solo quedaron plasmadas en una oferta incumplida, una amenaza de bienestar que no llega a concretarse.
Los políticos escriben grandes frases, elogian las bondades de la igualdad y refutan su oratoria sobre cartas otorgadas, códigos de Hammurabi en celulosa de eucalipto. Luego la firman en cuadrilla, la secundan los votantes en alborozo desatado, por último uno de ellos, ese que ajeno a la trifulca de los de la misma camada los comanda, la sanciona. Y ya tenemos un documento, una prueba circunstancial de que lo prometido es deuda, que los argumentos esbozados son de obligado cumplimiento. Ignaros de las artes de éstos, los alborozados destinatarios de tan solemnes declaraciones vuelven a sus casas, a sus trabajos si los tienen, a sus afanes personales.
No suelen transcurrir muchos años cuando los primeros hurtos a escondidas hacen presa de la letra allí impresa, se sueltan algunas frases, se descosen algunos derechos recitados con la misma solemnidad con la que fueron vertidos. Un decreto silencioso, artero como todos, se descuelga por la cinta que marca la página donde viene recogido aquel derecho, aquella encomienda de buenas intenciones. Este, el decreto promulgado sin la anuencia de la Cámara, sin el conocimiento a veces de la misma, y sin que importe lo más mínimo si es compartido por los que aunaron sus esfuerzos por conservarlos, alarga su sombra de guadaña afilada, presta a segar las condiciones pactadas.
El pueblo ultrajado clama venganza por el incumplimiento de lo pactado, recurre a sus representantes para que les defiendan ante tamaña afrenta. Estos, los interpelados esconden la cabeza bajo un legajo de leyes, invocan su impotencia ante la máquina del poder, niegan su complicidad y huyen asustados de perder sus propios privilegios. El pueblo injuriado vuelve su mirada hacia sus gobernantes, les pide que cumplan sus promesas, estos, los que dictaron las normas ahora discutidas les miran a los ojos y les piden calma, comprensión y paciencia. Al fin y al cabo todo lo hacen por nuestro bien, solo pretenden aumentar los derechos cercenados, pero a cambio habrá que aceptar el sacrificio del momento.
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