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La parada de autobuses les espera donde siempre, ubicada estratégicamente entre

por el príncipe de las mareas

La parada de autobuses les espera donde siempre, ubicada estratégicamente entre el edificio de correos y el Archivo de Indias. La piel de éste último muestra las manchas propias de la edad. Ocultos de miradas indiscretas, los secretos de ultramar se cobijan entre sus piedras grises. ¡Quién sabe si las amonestaciones matrimoniales de Pizarro con la princesa Inca, o las hazañas bélicas realizadas por Cortés allá en el nuevo mundo, sean parte integrante de la documentación tan celosamente custodiada! El porquero ajusticiador de Atahualpa nos podría contar infinidad de vicisitudes al amor de un fuego amigo; su paisano Cortés que con poco más de doscientos españoles y cinco mil aliados toltecas se apoderaron del imperio del azteca Moctezuma, por el contrario desearía correr un tupido velo al evocar aquella dramática huida entre canales y saetas enemigas. Aquella noche triste. Total, para acabar mendigando al nieto de la reina Isabel, muy católica ella y pródiga en atenciones al genovés, que dio pie a que los mencionados tuvieran la oportunidad de demostrar la valía de la sangre española. Del vecino de tanta historia compendiada en documentos tan antiguos, solo decir que alberga las oficinas donde se tramita toda la correspondencia que entra y sale de la ciudad; no aspira a la solera ni a la enjundia del archivo citado. El número 31 de la empresa municipal de transportes acaba de asomar su cara azul. Los gases expelidos calientan un ambiente refrescado por la ausencia del sol. Ambos se acercan hasta la cola que han formado los desesperados usuarios. El autobús se pone en marcha y un día más, la vida ha dado la tregua necesaria para que ambos contendientes lleguen sanos y salvos a sus moradas. Las alforjas vacías, las manos con las palmas hacia arriba y la ilusión de que quizás mañana…La mirada recelosa del conductor es recogida por el espejo retrovisor en el intento fallido, de informar a esos dos energúmenos que en el autobús no se fuma. Miguel compone una cara de circunstancias no correspondida y Paco, ajeno a los unos y a los otros, se afana en contemplar a través de la ventanilla de socorro la circulación que se desplaza paralela. A causa de la escasa visibilidad de la tarde moribunda los conductores se enredan en la marea urbana compuesta de frenazos, toques de claxon y alguna furibunda diatriba con el que acaba de efectuar un adelantamiento indebido. Quince minutos más tarde y con la prudencia indicada en la placa frontal ambos pasajeros descienden y esperan que el autobús reemprenda su marcha antes de cruzar: “No cruce delante de este vehículo, puede ser atropellado por otro que usted no ve”. Reza la mencionada placa informativa, más que imperativa.

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