La irresistible tentación de medrar
Recuerdo hace unos años aquel slogan que rezaba: “Aunque usted pueda pagarlo, España no puede”. Venía a referirse al despilfarro, ya fuera en agua, electricidad o cualquier otro elemento energético, lúdico o básico. Luego vino el España va bien, y toda esa milonga institucional donde no se ataban los perros con longaniza, pero sí que se les sometía a terapia antiestrés.
Hoy las cosas han cambiado, nada es perdurable más allá de lo que las circunstancias nos permiten, y las nuestras perece ser que han tocado fondo. Atrás quedaron esos paisajes salpicados de grúas mastodónticas de una realidad virtual, las oficinas inmobiliarias, las propinas en el bar o las propias peluquerías caninas. Ahora el paisaje resulta más desolador, colas interminables en otras oficinas denominadas del paro, INEM o de empleo, personas sentadas en actitud pedigüeña a las puertas de los centros comerciales o abarrotando los comedores sociales. Vivimos por encima de nuestras posibilidades, donde un billete de 50 euros se nos antojaba uno de 5000 pesetas, o el de 20 duraba menos que una pompa de jabón en la mano de un loco. El euro, panacea de riqueza, bebedizo europeo que nos igualaba a los países del norte, nos trajo más ruina que alegrías. La fiesta, el aquelarre de la burbuja inmobiliaria, la “champion league” de la economía dieron paso a los brotes verdes de marca conocida, al atisbo al principio incierto de una recuperación cíclica que apenas si se demoraba unos meses en el calendario del gobierno. Estábamos salvados sin apenas haber tocado los infiernos.
El cambio de gobierno supone la constatación de que las ideas vencidas deben dar paso a las caducas. No es más que un ritual, un baile de máscaras en el carnaval del poder, donde lo que era bueno para todos, pasa a convertirse en un mal endémico. Los tiempos cambian, mutan las ideas y recobramos de nuevo lo que habíamos superado, lo que parecía ser que habíamos desechado. Pero no siempre es así, no se alteran las costumbres inveteradas que hacen que este país siga inmutable a sus constantes, a sus maneras de gobernar, de administrar la cosa pública.
Gastamos más de lo que debimos, y debemos más de lo que podemos gastar, por tanto se impone la reforma profunda del sistema: Reducción del organigrama institucional, redistribución de la riqueza, restricciones en el gasto innecesario, reducción de medios oficiales, eliminación de duplicidades… No, no parece que sea así como se piensa reducir el déficit público. Todo lo contrario, se prefiere reducir salarios, pensiones, recortar la sanidad, la educación, las inversiones públicas en infraestructuras, en investigación o en dependencia, pero no se tocan las prerrogativas de la casta política.
Cuando una nación reduce la inversión en educación y subvenciona las bebidas en el Congreso, cuando recorta el gasto en sanidad y dependencia y subvenciona un colectivo gay en Mozambique o una página web de contenido erótico, cuando suprime las ayudas a la dependencia de las personas incapaces y fomenta los viajes de sus señorías por esos mundos de Dios; entonces esa nación ha perdido el rumbo y no queda más remedio que vagar por el limbo del desconcierto, la miseria, la desafectación y verse abocada sin remisión al conflicto.
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