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La insumisión o la vida

por el príncipe de las mareas

Cantaba Serrat que su pueblo a fuerza no ver nunca el mar, se cansó de llorar. Un pueblo puede dejar de llorar por varias razones, pero nunca por que le hayan secado las lágrimas. En un mundo globalizado, de capitalismo voraz, con una banca opresora o gobiernos irresponsables, de poco o nada sirven quejas vanas, sin sentido más allá del que quieran darle los que las profieren. El mundo que nos ha tocado vivir no es un décimo de lotería sujeto a unas reglas azarosas, no es un destino marcado en las profecías de Nostradamus o en el calendario Maya. Este mundo, este lugar de residencia transitoria, pero definitiva para los que albergamos demasiadas dudas sobre lo que nos deparará el más allá, no es una conformación geopolítica que deba fraguarse en las cocinas del poderoso. Cualquier ciudadano es dueño de su vida, tanto, como que ni las propias legislaciones pueden penar al suicida. Si aprendemos esto, si tomamos conciencia que somos los árbitros de nuestro presente, tal vez podamos prever el resultado de nuestro futuro. Nuestra sociedad actual me recuerda al elefante esclavizado en ciertos lugares del continente asiático. Se captura un ejemplar joven y se le ata a un poste con una cadena. El animal tratará de buscar su libertad perdida librándose de esa cadena que lo sujeta, pero no puede zafarse, no tiene fuerzas suficientes para lograrlo. Con el paso de los años, una vez adulto, podría romper no esa cadena, sino todas las que le separaran de su libertad, y sin embargo no lo hace, no intenta siquiera vencer ese obstáculo. No lo hace por que su voluntad quedó quebrada cuando albergaba esperanzas de conseguirlo y no podía.

Volvamos a nosotros, a los seres humanos que habitamos este valle de lágrimas ajeno al pueblo de Serrat. Somos tan débiles que hemos permitido que unos pocos se hagan dueños de nuestro destino. No ha sido una tarea sencilla, no se ha producido este sometimiento de la noche a la mañana, más bien se ha gestado con la suficiente calma y precaución, como para que solos, sin más necesidad de empujones u órdenes imperativas hayamos cedido nuestra soberanía como aquel que vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Hagamos un poco de memoria y recordemos las enseñanzas del colegio, donde aprendimos que el hombre, ser sociable por naturaleza, fue cediendo autonomía para encajarla dentro de la colectividad. Era necesario si queríamos convivir en grupo, así que nuestros instintos se fueron encauzando en la alteridad. Surgieron las polis griegas, de ahí la actual denominación que reciben las distintas concepciones actuales de gobierno y administración. Nos enseñaron que el grupo, el clan, necesitaba de reglas que garantizaran la libre coexistencia, que esas reglas deberían ser de obligado cumplimiento, y caso de no respetarse, se castigaría al infractor. Así, llegamos al punto en que alguien debía nombrar esas normas, alguien debía velar por su cumplimiento y alguien debería castigar su no acatamiento.

Esta historia podría resultar de una normalidad absoluta, de hecho la inmensa mayoría pensará que era y es la mejor manera de coordinar las libertades de cada uno, que en definitiva es el mejor sistema político (de polis) al que podemos aspirar. Toda historia tiene su cara oculta, y ella misma se ha encargado de demostrarlo en infinidad de ocasiones. Reducimos el ámbito de este cuento, de este canto a la libertad para caer en la mismísima Transición española. Aclamada, admirada en su momento en el mundo entero, pero que no dejaba de tener su cara oculta, un disfraz colorido de múltiples bolsillos escondidos. Con el tiempo hemos comprobado que sus bondades no eran tales, que su cacareado consenso no fue más que una subasta, una partida de dados, al igual que la que jugaron los romanos por la posesión de la túnica de Jesús. Tres décadas después hemos comprobado como ese falso maná que nos describieron en un carta, una carta llamada magna en su grandilocuencia de hallarnos frente a los manuscritos del mar muerto. Es tal la elocuencia con la que hoy en día se defiende, que se diría intocable.

No quisiera disertar más allá del asunto que me ocupa, así que vamos al meollo de esto que más bien parece una disertación teleológica, y no deja de serlo, ya que si bien no busco un fin concreto, si pretendo describir una realidad que nos azota como si de una plaga se tratara. Pronto llegaron sus señorías a la conclusión de que las normas una vez aceptadas por todos, podían ser estructuradas de manera que el beneficio colectivo que persiguen, bien pudieran dejar unos réditos a los que las promulgan. Se adulteraron las leyes, se corrompieron los principios e igualdad, se repartió el poder entre unos cuantos y se nombraron garantes de esa situación irreversible que dará con nuestros huesos si no en la cárcel por insumisos, con ellos en la calle por desahuciados. Ellos han conseguido atarnos de un poste y por muchos millones que seamos para tirar, nos vemos impotentes para romper esa cadena, que terminará alrededor e nuestros cuellos si no ponemos límites a su desdén.

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