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LA DUQUESA QUE NO EXISTIÓ

por el príncipe de las mareas

Capítulo I

Está anocheciendo, aún quedan los restos luminosos de una tarde que se marcha por donde llegó, la luna aparece detrás de unas cortinas compactas de tejido oscuro, gris plomizo, sin sujeción aparente en ese ventanal inmenso. Ningún sonido parece dispuesto a ser el primero en romper esa sinfonía silenciosa que se anuncia, las sombras esquivas van reuniéndose en formación informe en el intento ya casi conseguido, de arropar a todo aquello que se encuentre dentro de su capa liviana e intangible. Si pudiera consultar la hora ésta le diría que siendo aún temprano para no sé qué cosas, ya se va haciendo tarde, por lo que decide no esperar más. Agarra con fuerza el palo que cogió hace ya un buen rato y se encamina con prudencia hacia el descampado que se avista a escasos metros, solo unos pasos más y ese calvero iluminado a medias por una luna casi nonata, se le aparecerá en toda su expresión de lugar ignoto pero quizás amparador de seres perdidos y descobijados en ese bosque que lo encierra tras unos barrotes altos y prietos, rematados por un ramaje que se adivina más allá de la claridad que se filtra a través de los mismos. Los restos calcinados de unos pobres troncos rodeados de unas piedras ennegrecidas, las cenizas aún calientes, podrían dar a entender que no hace mucho rato alguien estuvo aquí, que estuvo preparando algún frugal alimento antes de continuar su camino que no conoce y sin embargo intuye, si se atiene a los restos que atestiguan mudos la presencia del que le precedió. El leve crujir de una rama partida en su caminar le envara con un latigazo de atención extrema en lo que le rodea, otro paso inseguro y no se repite el sonido, por lo que la marcha continúa en pos del que se adelantó y no sabe cuanta distancia le lleva en esta carrera contra las sombras que se están reuniendo cada vez más deprisa, ya incluso son muchedumbre.

El perro continúa ladrándole a la brisa, ésta se desentiende de él y sigue revoloteando a su alrededor, el animal parece como si intuyera algo que desconoce pero que le resulta familiar, amortigua sus ladridos, los cambia por unos gañidos asustadizos y acompasados. La cadena que lo sujeta hace vibrar los eslabones con sus movimientos sincronizados, se arrastra por el suelo sin más intención que dejarse llevar por las oscilaciones que la están sometiendo. Un ulular lejano parece contestar detrás de las copas de los árboles ya imaginados en la carencia casi absoluta de luz, el animal se calla y escucha dirigiendo sus orejas en esa dirección; de nuevo los lastimeros gañidos son acompañados por el que forma dúo con su mismo compás y la noche se ve envuelta por los sonidos de los que llevan horas esperando su llegada para entonar sus súplicas, sus quejas y sus llamadas a través de la brisa que se está creciendo con el coro que la envuelve. La cadena vuelve a arrastrarse atraída por el miedo que ya está haciendo presa en el que se halla sujeto a ella, se retira hasta el árbol, vuelve a asomarse y se esconde con la misma cadencia que si estuviera practicando un ritual o un simple paso de baile.

Dichosa tea olvidada en la casa con las prisas, que bien le hubiera venido acordarse antes y no ahora, ya es tarde para lamentos, lo mejor será que se vuelva sobre sus pasos aún recientes y la recoja si es que tiene intención de continuar la búsqueda.

El perro lo recibe con un movimiento rastrero de la cola y se le aproxima con el vientre casi tocando la tierra humedecida por el frio nocturno.

- Nada, no se ve nada ahí dentro ¿Por aquí ha habido alguna novedad? Consulta mientras le acaricia el cuello con deleite. Se vuelve un instante hacia el bosque de sombras impenetrables, y se encamina a la casa construida con leños resistentes y el hogar que crepita a modo de saludo al verlo entrar.

Juan observa como las llamas se elevan despacio hacia el hueco ennegrecido de la chimenea, no está muy tranquilo oyendo los lastimeros aullidos del perro que se afana en arrastrar la cadena que lo sujeta, que lo atenaza en su miedo no conocido pero al parecer real.

- Voy a tener que meterlo dentro, si no éste no me va a dejar pegar ojo esta noche. Abre la puerta de la cabaña y al momento ya lo tiene allí con la cola nerviosa y su mirada cristalina. -Venga pasa - le suelta la cadena y éste una vez libre, se abalanza hacia la casa en busca del calor del fogón encendido. Juan atisba a través de la rustica ventana sin cristales que le amplíen la visión, ni le protejan de las incursiones del viento, como queriendo desentrañar la noche que se le ofrece oscura, misteriosa, con los sonidos típicos del bosque poblado de innumerables criaturas. Un ligero temblor le recorre la espina dorsal y achacándolo al frío se acerca a la lumbre que le espera acompañada del perro que lo mira por debajo de las orejas gachas.

Lleva escasamente tres horas dormido cuando un fuerte ruido lo despierta, el perro se halla enfrentado a la puerta con las orejas tiesas, como queriendo vislumbrar a través de la maciza hoja de roble.

- ¿Has oído eso? ¿Que será ese ruido tan fuerte?, vamos a echar un vistazo. Salen a la noche aún cerrada y recorren unos metros sin observar ni oír nada, los cinco sentidos escrutadores de las sombras que se perfilan a través de la arboleda. Nada, ni el más leve sonido que les indique la procedencia de lo oído hace apenas unos minutos. Juan entra de nuevo en la casa y sale con una antorcha prendida y el garrote presto para afrontar cualquier peligro que este acechando. Se encaminan hacia el interior del bosque rastreando el suelo en la esperanza de hallar algo que les delate la presencia de alguien, el perro husmea el ambiente y parece que poco a poco se va relajando, no hay nada anormal y sin embargo el sonido permanece en el ambiente; no ha sido un sueño, ambos saben que ha sido real. Llegan al calvero donde anteriormente halló los restos de alguna fogata, todo está igual, los restos de leña quemada siguen allí, una lechuza pasa rozando por la copa de una encina próxima a su posición; el leve carraspeo delata la presencia de algún roedor que se afana con alguna bellota caída y la brisa se levanta como despertada por la aparición del hombre y el animal.

- Esto es bastante raro, no hay absolutamente nada que explique el ruido anterior comenta dirigiéndose al perro que ya más relajado, se está dedicando a corretear por los alrededores en persecución de algo que oye pero que no ve. De nuevo vuelve sobre sus pasos en busca de la cabaña y del calor del hogar, un último vistazo desde la puerta y se echa sobre el camastro adosado a la pared del fondo, el sueño lo envuelve de nuevo y la noche continúa su deambular algunas horas más.

La aldea está silenciosa, aún el gallo no ha dado la señal de partida que cada día despierta a sus moradores. Las callejuelas de tierra, estrechas, con sus revueltas, con entradas y salidas hacia un mundo anclado en un pasado reciente y remoto a la vez, las casas en su mayoría de adobe con sus techumbres de paja revelan la carencia de finuras en una tierra pobre, y quizás olvidada de esa mano que en otro tiempo se posó en el hombro, como si con ese gesto quisiera decir que su protección le estaba encomendada desde antes de su propia creación. Un poco por encima de este ramillete casi horadando la ladera, se perfilan otras viviendas más confortables en apariencia, las paredes de piedra y los techos de pizarra les dan un porte más señorial, como si sus habitantes se encontraran en un estrato superior en esto de la riqueza. No hay ninguna iluminación ajena a la que puedan proporcionar las estrellas en las noches despejadas o la luna cuando se encuentra en cualquier fase que no sea la de nueva. Unos pequeños cercados hechos con ramas y algún tronco atravesado, cobijan al escaso ganado que puede y quiere vivir en un mundo áspero y poco condescendiente con los inadaptados a su capricho.

Orientada hacia el norte y agazapada sobre una loma despejada, se levanta una construcción de proporciones tales que pareciera ser un gigante al lado de las insignificantes y míseras casas de la vaguada. La muralla de piedra levantada con grandes bloques arrancados a la propia montaña con el esfuerzo de innumerables brazos y la paciencia de un tiempo, que se lo tomó con calma a la vista de la tarea encomendada. Solo hay un lugar expugnable en su perímetro acorazado, la puerta de acceso al recinto, construida con troncos de varios metros de altura abrazados los unos a los otros por unas alianzas de hierro forjado. Una vez traspasado ese muro defensivo, una construcción simple pero sólida realizada con las mismas piedras que la muralla, con su forma de nave varada en el páramo, con el piélago sobre su cabeza como si su constructor hubiera querido mostrar una imagen invertida. Adosados a la construcción principal unos cobertizos rematados en paja sobre una estructura precaria de varales entretejidos y apoyándose en unos soportes más sólidos, que junto con la nada haría las funciones de paredes imaginadas. En ese lugar descansan las caballerías que no suman más de tres: un caballo árabe y dos yeguas bayas. Volviendo al edificio principal, éste consta de tres salas o habitaciones separadas por unos tabiques adornados con cortinajes pesados, dotadas cada una de ellas de una chimenea donde no falta un tronco ardiendo sea el día o la noche. Una tosca escalera de piedra gastada por el roce de las distintas generaciones que subieron y bajaron por las mismas, ascienden sinuosas hasta la parte más alta, que no deja de ser una amplia terraza con dos accesos en cada uno de sus extremos a unos torreones de forma cilíndrica. Estos no tienen más de seis metros de altura, con un ventanuco cuadrado y angosto, quizá demasiado estrecho para no delatar lo que allí se esconda a las miradas ajenas.

Hacia el sudoeste unas construcciones menores que albergarían las distintas actividades que se realizan en el mismo: La tahona donde el pan es amasado y cocido cada mañana por manos afanosas y expertas, la capilla donde los domingos se realiza el oficio sacramental a cargo de un viejo fraile; unos silos que albergan el grano y los productos agrícolas aportados por los aldeanos, y un pozo con dos abrevaderos adjuntos en funciones de lavandería y bebedero para los animales. Como complemento a estas construcciones, y en una zona protegida del viento junto a la muralla norte, se halla una parcela que labrada por algún morador asalariado, ofrece algún producto propio de un huertecillo; algunos árboles frutales y dos encinas centenarias veneradas a causa de su edad, y por la sombra que proyectan en los calurosos días del verano.

Juan está despierto observando desde su posición aún horizontal, como una tenue claridad se va asomando despacio por la ventana de la cabaña. El perro aún no se ha movido de su lugar próximo al fogón, éste ya solo transmite el olor a cenizas aún caldeadas y esparcidas por algún soplo que se ha colado por la chimenea dormida. Se pone en pie de un salto al tiempo que el perro, sacado de sus sueños levanta la cabeza con su mirada reprobatoria, la mañana ha llegado hace poco tiempo, pero ya el trinar de los pájaros apunta que es de día. Sale al frío amanecer para desaguar lo contenido durante la noche y se aproxima a una artesa llena de agua, se lava la cara y los brazos y se encara con el hacha clavada en un tronco decapitado hace años. Entra la leña cortada junto con un par de piñas, que ayudarán en la tarea de poner en marcha el fuego que caldee la estancia y caliente una infusión de hierbas. El perro ha salido con la misma intención, que no por ser animal está exento de presiones en su vejiga, una mariposa le distrae y sale en su persecución sin alejarse mucho de la casa, que todavía no ha desayunado.

El queso untado en miel y un trozo de pan le devuelven a Juan el calor interno perdido y un resto de asado de dos días conforta al perro a falta de otra cosa que roer esta mañana. La pelliza de piel de venado y unos guantes forrados con el pelo de un conejo que tuvo un descuido fatídico, las altas botas y los zahones curtidos complementan el atuendo. Se encamina al bosque recorriendo los mismos pasos marcados por la escarcha que, a modo de molde, ha dejado para que éste los siga sin temor a errar el camino. Llega al calvero y recorre con su mirada ya totalmente despierta las sombras que lo rodean, éstas se baten en retirada, acosadas por la luz cada vez más clara que se va filtrando a través de las copas de los árboles; ya van adquiriendo formas determinadas, ya si son reales no imaginadas. Con paso cada vez más seguro se adentra bajo el dosel verde claro y llega hasta el arroyuelo que discurre ajeno a todo lo que no sea alcanzar su destino unos trescientos metros más al sur.

- Alguien ha estado aquí, las huellas son claras. - Musita tanteando la orilla-. ¡Perro, olfatea a ver si descubres algo! El animal se aproxima y recorre varios metros por el margen poniendo un interés hasta ahora inusitado. Las evoluciones nerviosas le confirman sus sospechas, no hace muchas horas han estado parados en ese lugar, las huellas se pierden adentrándose en el agua cristalina con la escarcha aferrándose al pasto que la rodea, no hay forma de seguirlas, se han ocupado de borrarlas marchando por el curso del arroyuelo como si temieran que alguien las pudiera encontrar.

El sol ya va tomando confianza en una nueva mañana y se va dejando notar cada vez más clara su presencia, las copas de los árboles se desperezan y abren sus brazos retorcidos para calentarse con los tibios rayos que las asaetean. Los pájaros al principio tímidos, van endulzando el ambiente con sus trinos melodiosos, la algarabía celosa no tardará en formar un coro de voces superpuestas en las partes más altas del bosque. Los roedores pillados por sorpresa por la claridad que todo lo va cubriendo, huyen apresurados a sus madrigueras en el suelo o en el tronco hueco de un árbol demasiado cansado para oponerse a ser morada de aquellos. Un cervato de poca alzada se asoma detrás del follaje venteando el aire, un repentino movimiento lo pone en fuga, como si algo o alguien le hubiera advertido de un peligro no concretado pero si intuido en su especie de presa de los que se alimentan de su carne.

Juan ha vuelto sobre sus pasos hasta el calvero, inspecciona las cenizas esparcidas por la noche y rastrea como si se tratara del perro en busca de las evidencias que se le escapan de momento. Un resoplido a modo de gruñido, y el aliento sale de su boca como el genio escondido en la lámpara, transformado en vaho pero sin llegar a tomar ninguna forma determinada; se rasca la coronilla, levanta la cabeza hacia la bóveda arbórea. Las ardillas ya han despertado de su sueño lánguido, el zorzal con las plumas insufladas muestran el moteo de su pecho. Nada que rompa la rutina de sus mañanas otoñales. Decide volver a su cabaña, hay tareas que no admiten demoras injustificadas por mucha curiosidad que sienta de conocer los entresijos escondidos tras una noche diferente. Un breve silbido, y el perro se asoma trotando tras de unas matas verdes grisáceas que se apartan espantadas al paso del animal.

-Vámonos, aquí no tenemos nada que hacer-, comenta dirigiéndose al perro y alargando el paso hacia su cabaña.

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