El bautizo más largo
Nada hacía presagiar que la campana de la iglesia pudiera dar comienzo a semejante bacanal. La mañana podía haber presagiado el devenir del día, si alguno de los comensales hubiera madrugado para corroborar los auspicios. No hubo lugar a ello, las almas noctívagas soñaban con los placeres futuros, con la degustación de manjares cercanos, casi al alcance de los pescuezos pelados como buitres.
Llegó la hora, la campana cumplió su cometido y el badajo colgante susurró el anuncio de la fiesta. Ya se acercan, ya presentan sus cuerpos descansados; pulcros y relucientes para la reunión con la pila bautismal. El maestro de ceremonias emerge cual ente de otro mundo con su alba casperiana y su estola del mismo color. Trae las manos unidas, uncidas a la súplica que murmura para sí, para todos los reunidos e incluso para los ectoplasmas derramados a su paso. Camina con paso seguro, trastabilla y sube los dos peldaños que le separan del cadalso donde una vez más, la sentencia de muerte será representada de manera incruenta. No, no habrá tal cosa; la personificación divina a base de vino tinto y galletas de trigo consagrado serán pospuestas para mejor ocasión.
El niño es guapo, a que negarlo, con sus grandes ojos escudriña el lugar. Figuras estáticas y otras que no lo están, se manifiestan sin pancartas reivindicativas ni voces desaforadas. Solo se oye al presbítero aludir a la dejación de la patera, a la renuncia al Islam del nuevo acogido en la gracia divina. Pablo que así se llama el nuevo integrante de la cofradía sigue cada palabra, cada línea leída o improvisada sobre el atril con algún cabeceo de asentimiento. Su madre le acoge en sus brazos mientras su padre es requerido para que corrobore las palabras adoptadas por el párroco, y aceptadas por su segundo vástago. El padrino no abre la boca, no quiere amedrentar al pequeño con esa voz aguardentosa de película mafiosa. Calla y espera su turno para ser empapado como el resto por las doctas manos acostumbradas a repartir las bendiciones con abluciones.
Fotografías sobre fondo encalado, imágenes robadas a la montaña distante o comentarios sobre la ocurrencia del pastor eclesiástico se acomodan dentro del grupo familiar. Poco a poco se van retirando del lugar, unos despacio, afrontando la pendiente pétrea que les separa del cubículo, otros más ágiles por cuestiones de edad o movidos por la necesidad de paladear una cerveza fría, o quizá una garrafa de aguardiente dulzón. Las horas transcurridas han sido compartidas, los unos con Atila, los otros con Amenabar y todos abrazados al dios Morfeo que los acoge con paciencia ¿Quién habló de prisas?
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