Dia de las bibliotecas
El pasado caduco se ayunta al futuro incierto. Hoy es día de bibliotecas, de actos literarios. Una charla a cargo del director que había convocado a unos cuantos que atesoran juntos más años que el calendario Gregoriano, nos había llevado a repasar los incunables y algún ejemplar menos añejo, al tiempo que una señora trataba de contarle sus vicisitudes, o tal vez, eran las de su difunto marido. El director es hombre asentado, curtido en estas lides de la edad (la suya debe andar entremedias). Aprovechando la interrupción he departido con la señora que atiende las entradas y salidas de libros (sí, alguna vez también se donan libros). El anciano de turno había aprovechado la ocasión, que siempre pintan calva, para disertar a saberse qué batallitas del pasado —no se puede negar que la mañana está resultando aprovechable— mientras nosotros hablamos sobre la juventud y la senectud. Los jóvenes —me decía la señora— cargan las culpas sin que sea justo generalizar. Yo, por mi parte le decía que los extremos se tocan. La juventud carga con el sambenito de la pérdida de valores y los viejos nos cargan con sus historias tan manidas, tan repetidas, que acaban cansando al más pintado. Pasado y futuro se ayuntan, se unen en un presente que no consuela a ninguno, y eso que la memoria, ni olvida ni recuerda, solo se manifiesta a ratos, sin tener presente que el pasado no vuelve, ni el futuro se acelera por mucho que los bastones y muletas hayan dado paso a esos vehículos motorizados que alcanzan la velocidad de un niño de tres años, cundo huye de su abuela de ochenta y cuatro.
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